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El fenómeno del huevo de chocolate

COLUMNA NATALIA DE BIEGLER

El huevo de chocolate -siempre lo he encontrado tan curioso. Los niños piden y piden ese dulce carísimo envuelto en aluminio de colores, pero no porque quieran el chocolate. No. Quieren el premio que viene adentro.

A veces ni siquiera se lo comen; solo lo abren, sacan el juguete y endosan el dulce cadáver al adulto que lo mira confundido pero que, al mismo tiempo, se resigna mientras se dispone a dar la primera mordida. Un premio si te portas bien. Un premio si te comes todo lo que hay en el plato. Un premio si sacas buenas notas. ¿Cuándo empezamos a necesitar un premio para un premio? Es decir, la comida en sí misma debería ser un placer; una buena calificación debería ser gratificante en sí misma; las interacciones sociales deberían ser placenteras, sin ser condicionadas a recibir un premio a cambio.

Pero nunca estamos satisfechos, y aprendemos a esperar ese algo más desde que somos niños. Y después nos quejamos de que nuestros hijos son insaciables, inconformes, malagradecidos. Si lo pensamos, nos pasa lo mismo con todo: trabajar para tener más cosas, aunque signifique estar atascados en un trabajo que odiamos, por más horas de las necesarias, lejos de nuestra familia, amargados y estresados.

Aunque pasemos horas en el gimnasio, no porque disfrutemos el deporte o el ejercicio, sino más a modo de sacrificio a los dioses de la estética moderna. Aunque debamos invertir toda nuestra energía en educar a nuestros hijos para que sean personas exitosas, en luchar contra ellos para que sean como queremos que sean mañana, en lugar de acompañarlos y vivir con ellos despacio, hoy; que jueguen juegos que los hagan más inteligentes, que no pierdan el tiempo, que aprendan rápido a leer, que tengan cada vez más juguetes y participen en más actividades educativas que llenen los espacios de ocio, porque estar aburridos o no hacer algo con resultados tangibles, significa no ser productivo.

Más que por placer, nos enfocamos en hacer las cosas para obtener la capsulita amarilla con el premio adentro. Y lo más curioso (quienes han visto a sus hijos abrir las cápsulas del dichoso chocolate), el juguete siempre es un chunche al que se le pierde la gracia en dos minutos. A veces ni siquiera se entienden las instrucciones y queda tirado en una esquina, a medio armar, entre la montaña de cosas olvidadas que en ese momento parecían necesarias para ser felices.

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