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Cuando nos da miedo crecer

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Hemos conocido a muchos hombres de negocios que afirman querer crecer. Para lograrlo se requiere mucho más que un anhelo o un deseo. El que realmente quiere crecer es capaz, antes que nada, de aceptar que tiene dudas, que teme equivocarse y fallar, que se siente solo. La mayoría de los empresarios contempla el crecimiento como un “quisiera”, no como un “quiero”. El “quiero” es al mismo tiempo racional e intuitivo, pensado y soñado, convicción y duda, confianza e inseguridad. El que de veras lo quiere tiene la firme creencia de que lo hará, de que puede y llegará a crecer, y acepta como propia esa misión en la vida, y le da importancia; está comprometido con su vocación, con su visión y con su proyecto.

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Muchos hombres de negocios tienen la madera para dirigir ambiciosos proyectos de crecimiento, tienen la fórmula para hacerlo e, incluso, la visión clara del camino a seguir, pero no se animan. Se van despacio, “tentaleando”, como si el tiempo no corriera o no importara si lo hacen o no. Recuerdo a dos grandes amigos que viven esa situación. Los dos han sido muy exitosos, pero han avanzado lento, poco a poco. En ambos casos hay importantes decisiones pendientes, sobre todo aquellas que implican abandonar partes obsoletas de sus negocios. Los logros hasta ahora han sido notables, pero aún hay algo de tibieza y muchas justificaciones para no hacer o para postergar algo más grande. En ambos casos, la oportunidad y el proyecto han rebasado al líder. De casos como estos hemos aprendido que la clave para implementar efectivamente planes ambiciosos radica en la importancia que les queramos dar. Es la voluntad y el compromiso del líder lo que va a significar la diferencia. El dirigente que no supera el miedo para asumir riesgos, jamás llegará lejos; su cortedad de miras y su pusilanimidad lo limitarán siempre. Tal vez nadie ha expresado este miedo mejor que Tennyson, en su muy conocido poema:

Cierto es que cualquier cosa que acontece Más la siento cuanto más duele. Aun así, mejor es haber amado y haber perdido Que no haber amado jamás. Estas memorables palabras nos hacen reflexionar sobre el valor de nuestra querencia, nuestra voluntad, nuestro corazón para hacer realidad nuestros planes, para lograr nuestros objetivos. El pedagogo español Oliveros Fernández Otero ha profundizado en el tema, y nos dice: “Cuando nos encontramos o convivimos con una persona de excepcional categoría humana, ¿no advertimos que se distingue de los demás, fundamentalmente, por su inmensa capacidad de querer…?”.

Es preferible intentarlo y no llegar, que quedarnos parados, que no hacer nada. El Dr. Carlos Llano Cifuentes afirma: “Vale más proponerse la meta de la excelencia y no lograrla, que la de la mediocridad y conseguirla”. No podemos aspirar a metas mediocres, no vaya a ser que las alcancemos. Hemos visto a muchos directivos alcanzar posiciones de liderazgo a nivel mundial. ¿Cuál es la diferencia entre estos líderes extraordinarios y el resto? Ellos se atrevieron a crecer en serio, concibiendo proyectos verdaderamente audaces, emprendiendo caminos creativos y, sobre todo, involucrándose en cuerpo y alma en la implementación de sus decisiones. Nada podrá suplir el coraje y la pasión con que un líder emprende sus planes de cambio.

Ellos “supieron querer”, superaron sus miedos. Nuestros temores se basan en que es posible fracasar, y en la falsa idea de que el fracaso nos resta valor como personas, nos hace menos. Muchos directivos talentosos jamás crecerán por el temor de ser competitivos y globales. Son cortos de miras, ponen cualquier excusa para retraerse de sus posibilidades. La adversidad de las circunstancias y las condiciones son pretextos. La oportunidad de aprender a querer está abierta para todos. Nos falta revisar y cuestionar nuestras querencias, y luego… ¡tomar decisiones y actuar con determinación! Ortega y Gasset nos lo dijo: “…las circunstancias son el dilema ante el cual tenemos que decidirnos. Pero el que decide es nuestro carácter”.

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