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Ya tenés a tu bebé, ¿por qué no estás feliz?

COLUMNA NATALIA DE BIEGLER

Tener un bebé es una proeza del cuerpo, del alma, de la mente y de todo el ser de una mujer. La vida cambia con cada hijo porque dejamos de ser la que éramos antes y nos convertimos en alguien nuevo, en circunstancias desconocidas y con un millón de variables que influyen en nuestro estado de ánimo. Desde el contexto en que se llevó a cabo el embarazo y el parto, hasta las condiciones laborales, conyugales y familiares que rodean el nacimiento de un bebé: todo es un factor que potencialmente influye sobre las emociones en ese tiempo tan vulnerable.

Decir que “son las hormonas” es reduccionista, al igual que el diagnóstico excesivo de la depresión posparto. Yo prefiero describir los baby blues como una especie de duelo por lo que era antes y por los cambios en la vida que la psique debe asimilar poco a poco. Este período de adaptación varía de mujer a mujer, y es importante saber que esa “tristeza posparto” en muchos casos es esperable en nuestro mundo moderno. Ojo: que sea esperable no quiere decir que sea lo ideal. Muchas veces comprendemos el estado de ánimo de una nueva mamá hasta que investigamos un poco más sobre el contexto.

Por ejemplo, si el embarazo fue inesperado, si no logró tener el parto o la lactancia que quería, si está atravesando una situación difícil de pareja, si su bebé tuvo complicaciones al nacer o está hospitalizado, si ella no tiene ayuda en casa, si está pasando por dificultades económicas o laborales, o luchando con su imagen corporal -claro que es esperable un estado de tristeza o ansiedad. La soledad también es un factor determinante; no hay nada más angustiante que pasar los días a solas con un bebé en brazos. Agreguemos las hormonas, la falta de sueño y una posible cirugía mayor (cesárea), y veremos que son un millón de cosas las que pueden influir.

Me atrevería a decir que muchos episodios de baby blues pueden prevenirse, tomando en cuenta que suelen ser consecuencia de la realidad versus las expectativas, y de la culpabilidad que acompaña los sentimientos negativos. Dicho esto, debemos tener claro que la depresión posparto es cosa aparte. Los manuales de psiquiatría muestran una cantidad cada vez más amplia de diagnósticos y es difícil encontrar criterios para definir la depresión posparto como tal. Sin embargo, en términos generales, los síntomas y el tratamiento suelen ser los mismos que para cualquier episodio depresivo. Lo más importante es identificar las señales de alerta y buscar ayuda, sobre todo cuando los síntomas duran más de dos semanas y alteran de forma significativa la calidad de vida, incluso a nivel de su integridad física o la de su familia.

¿Qué hacer? En realidad, todas deberíamos buscar algún tipo de acompañamiento antes o en el momento en que nos sintamos desbordadas o sobrepasadas por la maternidad (por ejemplo, en grupos de crianza o con una doula). Sin embargo, si ya estamos en una situación crítica, es fundamental buscar ayuda profesional de otro tipo. En muchos casos, la depresión posparto puede tratarse con psicoterapia, a veces en paralelo con atención psiquiátrica (actualmente existen medicamentos compatibles con la lactancia). De cualquier forma, es esencial buscar apoyo a tiempo y no esperar a una emergencia. La tristeza en el posparto, incluso la depresión, puede afectar a cualquiera y no hay nada de qué avergonzarse, sobre todo cuando se trata de uno de los momentos más importantes de la vida.

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