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Que paguen como corresponde

LGuillea construcción del muro del presidente Donald Trump parecía un asunto de relativa intrascendencia, porque para una persona hambrienta, cualquier obstáculo -océanos incluidos-, se hace pequeño. Si no, vea usted la cantidad de africanos y asiáticos que intentan llegar a los Estados Unidos cruzando Centroamérica y México sin apenas pensar en la pared o el río que tendrán que salvar para llegar a su destino final. Pero que el muro de Trump se tenga que construir con dinero de los impuestos con los que se gravarán los productos mexicanos que se exporten a los Estados Unidos, ya son otros 20 pesos; o muchos miles de millones de pesos, para ser más precisos.

El canciller de México, Luis Videgaray, formuló una solución simplona al problema, argumentando que el consumidor estadounidense pagaría el impuesto, al comprar los productos más caros olvidando, aparentemente, que el impuesto del 20 por ciento que pretende Trump, podría sacar del mercado más grande del mundo los productos  mexicanos, que no competirían con los chinos, por ejemplo. Guatemala también podría resultar afectada, porque en sus declaraciones el secretario de prensa Sean Spicer dijo que la reforma fiscal “incluirá impuestos a las importaciones de otros países”; y desafortunadamente somos uno de los mayores exportadores de mano de obra ilegal a los Estados Unidos; dicho de otra forma, somos parte del problema.

Repito hoy, lo que ya antes he dicho: los Estados Unidos son, tal vez, el país mejor informado del orbe, pero su principal problema estriba en que rara vez utiliza la información que posee, de forma acertada. Si no, vea usted de qué manera puso de cabeza a Guatemala, atizando una confrontación que ya parecía apagada y que ha causado, entre otros destrozos, que los guatemaltecos migren ilegalmente por decenas de miles hacia suelo estadounidense. Durante el gobierno de Barack Obama, el Departamento de Estado funcionó como un ingenuo redentor en nuestro país, aliándose con líderes de organizaciones de extrema izquierda, neutralizando al Ejército, y anulándolo como un factor de contrapeso, y haciendo crujir el espinazo del sector productivo, aspectos que han tenido como resultado el estancamiento de la oferta de puestos de trabajo y el incremento de la violencia y, por supuesto, la migración ilegal masiva.

El tema del muro es un error entre las varias y muy acertadas  decisiones que el nuevo presidente de los Estados Unidos ha tomado durante el poco tiempo que lleva al frente de la Casa Blanca; y es que Donald Trump parece saber que el poder se inventó para usarse. Su irrestricto apoyo a Israel viene a ser para el Estado Judío una bocanada de aire fresco en medio de una tormenta de arena.  La amenaza de cerrarle el grifo a la ONU es aplaudida porque esa entidad se ha convertido en una agencia de contratación de socialistas –con honrosas excepciones, como la del guatemalteco Edmond Mullet, que ocupa allí un alto cargo-, que en lo que concierne a nuestro país, ha hecho un daño enorme, provocando un retroceso social y económico de dimensiones difíciles de calcular, desde sus agencias como la del representante de la Oficina del Alto comisionado para los Derechos Humanos, el Programa de las Naciones Unida para el Desarrollo, y la tristemente célebre CICIG -entre otras-, cuya paternidad la ONU acepta, pero negando al mismo tiempo  cualquier responsabilidad ante sus desmanes, con la muerte de Pavel Centeno incluida, y su intento por manosear nuestra Constitución, entre otros abusos.

Esperamos ver de punta el enorme mechón de pelo que corona la testa del presidente Trump, al enterarse de los desastres que el Departamento de Estado provocó en Guatemala a través de los embajadores Arnold Chacón y Todd Robinson, llegando incluso a poner en riesgo la seguridad interna de su país, y los haga pagar por ello como corresponde.

 

 

 

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