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NUEVO

Que en Guatemala, Estados Unidos y casi cualquier país del mundo, la ciudadanía escoja a personajes de quienes después se arrepiente, ya no parece sorprendernos. O que muchas veces las sociedades permitan liderazgos que son todo lo contrario a los intereses de las mayorías. O que sea más fácil que la gente crea en una película de ficción que en sus propias reflexiones. O que la palabra de personajes públicos se convierta en “biblia sonante”. O que un anuncio comercial nos pueda vender cualquier veneno como una pócima para nuestro bien. Nada sorprende ya en este mundo en el que hemos dejado de descubrir, desde nuestras propias y profundas reflexiones, o desde el ejercicio colectivo de aprender, que la realidad también es una construcción derivada de nosotras y nosotros mismos.

Hemos venido perdiendo la posibilidad de que nuestros niños y niñas aprendan a desarrollar su pensamiento crítico, mediante 2 vías muy poderosas. Por un lado, ya sea violentamente o por medio de manipulaciones, les imponemos nuestras formas de ver o sentir el mundo. Esta vía consiste en la fuerza que ejercemos para que sus modelos de reflexión se ajusten a los nuestros, para que sus conceptos y juicios sean los que nosotros heredamos. La otra vía es la de la ausencia de reflexión. Es aquella en la que se desacredita o resta valor al pensamiento profundo, al análisis y síntesis sobre lo que se vive; es la vía mediante la cual a través de entretenimiento o activismo se va pasando la vida sin un ejercicio reflexivo que construya conocimiento personal. Así, por todo el sistema escolar, hasta llegar a la universidad, en la cual no interesa establecer diálogos o intercambios, construir conocimiento compartido o aprender con los demás.

Por eso después no debe sorprendernos cualquier resultado aparentemente irónico, ridículo o absurdo en elecciones políticas o en el destino de nuestra sociedad. Necesitamos que nuestras niñas y niños se acostumbren, desde temprana edad, a protagonizar su propia vida y sus procesos de formación y crecimiento. Necesitamos asegurar una niñez crítica, es decir, que niños y niñas vivan en escenarios familiares, escolares y comunitarios favorables a sus preguntas, a sus inquietudes e intereses. Que esos escenarios los impulsen a preguntar; que los fortalezcan como seres curiosos y que nada les anule o destruya su búsqueda de respuestas a cualquier inquietud. Necesitamos una niñez crítica en el sentido de que la vida sea una fuente de aprendizaje real y no se reduzca el conocimiento a la información que puedan recibir de sus adultos.

En otras palabras, necesitamos la valentía y la actitud que estimule y propicie discusión, diálogo profundo y difícil, intercambio real e indagación de las jóvenes generaciones. Hacer a un lado la tentación de imponer pensamiento, posturas y formas de ver el mundo es, acaso, la más difícil pero necesaria de las actitudes que las generaciones adultas tenemos que aprender si pretendemos ayudar a transformar el mundo que recibimos. A ello sumemos la mejor cantidad de esfuerzos para que los niños y niñas pregunten; para que alcancen posiciones, sobre todo; para que indaguen sin temor; para que se atrevan a criticar el mundo que ven. Por supuesto, como una niñez crítica es un terror para las mentes más conservadoras de nuestra realidad, todo esto se topará con muros difíciles de superar. Pero vale la pena. Y urge para cortar la dinámica indetenible de la cual solo ganan los políticos de siempre.

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