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Por: Ligia García y García

Me dosifico, intento controlarme, me limito, me contengo, hago pausas, me detengo… si no tengo precaución yo me desbordo, me conozco… Y le temo a ese huracán de sentimientos, a esta tempestad de poesía, de rebeldía de pasiones desmedidas, de insolencia, de locura acumulada, que no piensa en consecuencias.

De vez en cuando me derramo, me inundo, soy tormenta, soy diluvio. Soy todo y tanto mientras te espero, y tú no vienes y no me ayudas, soy todo esto y lo enumero, Soy esto y más, no tengo dudas: Una curiosidad despierta y una ansiedad desnuda, una paciencia cierta y una certeza llena de dudas.

Una piel vacía y callada, y una mujer que pierde el sentido, un par de ojos que no ven nada y un monstruo que presiente el olvido. Una confianza que agoniza y una esperanza que se mantiene, una locura que se agudiza y una fiera que se contiene.

Para qué perseguirlo, para qué provocarlo, si cuando el amor no es libre, no es amor de verdad; para qué retenerlo, para qué aprisionarlo, si lo que se retiene, sin haberse ido no está. Para qué demorarse, para qué resistirse, cuando se han levado las anclas, se han izado las velas y la embarcación está dispuesta a surcar, para qué detenerse, para qué aferrarse cuando se vive en la tierra, si el destino es el mar.

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