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Ilustración: Guille

Plantea el tema un mensaje (aceprensa 18 enero17) titulado “El divorcio pierde terreno en EE. UU.”. Señala que la tasa de divorcios en Estados Unidos descendió en 2015 al nivel más bajo en más de 40 años: 16,9 por mil mujeres casadas, según el National Center for Marriage and Research.

Algo que va señalando la preocupación por el divorcio por sus efectos en los mismos esposos y visiblemente en los hijos. Esto llevó a varias municipalidades de Holanda en diciembre pasado a tener cursos gratuitos para madres y padres primerizos, para ayudarles en las dificultades de la crianza. En uno de ellos, señalaban que el matrimonio no es solo un asunto privado: “Pensar eso es política de avestruz, porque el daño que crea el divorcio afecta a toda la sociedad; estos cursos son una mano que tiende la autoridad a modo de ayuda”.

Uno de los impulsores de esta medida preventiva es un profesor de la Universidad de Amsterdam, Maarten Linde, psicólogo y autor de un libro para futuros padres y sostiene. “Después del nacimiento del primer hijo, al convertirse la pareja en padre y madre, puede disminuir el entusiasmo en la relación. Los cursos para padres jóvenes pretenden evitar el divorcio, entre otras cosas porque el daño que causa a los hijos es incalculable, irreparable.

Ciertamente ha subido el número de divorcios. Por ello muchos perciben que, en gran parte, la cultura de un país se mide por sus estrategias de prevención  en áreas que afectan al bienestar de las familias; en concreto, en ayudar a mantener la estabilidad conyugal y familiar y evitar así crisis y sufrimientos innecesarios.

Estamos ante algo que afecta frontalmente a la sociedad y no se puede ocultar.

Estamos ante algo que afecta frontalmente a la sociedad y no se puede ocultar. Lo primero es cambiar una cultura pesimista que hemos dejado que se imponga. Por hacer una comparación sencilla: ante el problema del divorcio y sus consecuencias, el no afrontarlo seriamente es como si ante el calentamiento global, sentarse a ver cuando empezamos a calcinarnos todos…

A este respecto un reciente estudio en EE. UU. (Ten Principies Princeton), señala cómo el sistema de divorcio actual ofrece menos protección a los contratos matrimoniales que a los contratos mercantiles, y que el sistema actual no funciona ni en términos prácticos ni morales: necesita una reforma urgente para reforzar el matrimonio y reducir el índice de divorcios. Y hacen propuestas prácticas, como aumentar los períodos de espera para un divorcio unilateral; requerir que las parejas de matrimonios tengan consejo para resolver sus diferencias y renovar sus compromisos matrimoniales, etcétera.

Solo en lo social, el divorcio cultiva lo contrario a la solidaridad: hay rechazo al compromiso y prevalecen los deseos -ocasionalmente egoístas- de los padres sobre las ne­cesidades de los hijos. Estamos ante un problema que afecta a cada miembro de la familia, causa empobrecimiento económico, afectivo y humano, especialmente para los más desamparados, los niños.

Ante el mismo tema, alguien decía que hay que impulsar un cambio de actitud hacia el divorcio en la sociedad: los matrimonios que no van bien se arreglan, no se rompen. Y podemos lograrlo…

 

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