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NUEVO

Continúo con mi tarea de hacer el recuento del año, sacando el balance y viendo en retrospectiva el ciclo que acaba de terminar, meditando acerca de cómo ha cambiado mi apreciación de la vida, de cómo he dejado de contar días, semanas y meses para acumular y atesorar enseñanzas y puedo decir sin temor a equivocarme que los últimos años han dejado en mi persona un legado de lecciones, autoconocimiento, aceptación, búsquedas y respuestas, agradecimiento y saber que me han permitido construir una versión más definida y mejorada de mí mismo.

El tiempo que es efímero y transcurre veloz e inexorable, se ha ocupado de moldear mis gustos, mis hábitos, mis intereses, mis propósitos y mi forma de ser, como consecuencia de las vivencias y del trabajo interior que he realizado al aprender de ellas; algunas de estas experiencias han sido adversidades o tropiezos que me han causado y han dejado heridas, superficiales o profundas, que más temprano que tarde han sanado y que hoy por hoy no son más que cicatrices que surcan mi piel y mi alma y que han quedado como prueba irrefutable de que he vivido, he caído y me he levantado, como reminiscencia de mi historia y mi transformación.

He aprendido a admitir mis equivocaciones y las he aceptado como parte imprescindible, natural y positiva de mi proceso de aprendizaje, evolución y superación.

En Japón existe una técnica llamada Kintsugi, que consiste en reparar las fracturas de la cerámica con barniz o laca de oro porque creen que las roturas y reparaciones hay que mostrarlas en lugar de ocultarlas, pues cuando se ha sufrido un daño y se tiene una historia se convierte en algo único y más hermoso.

Esta técnica nos recuerda el momento de la reconstrucción de uno mismo, de la cicatrización de las heridas, necesaria para continuar viviendo, remendados pero enteros, zurcidos pero de pie.

Ernest Hemingway decía: “El mundo nos rompe a todos y luego algunos se vuelven más fuertes en las partes rotas”, la fuerza y el aprendizaje necesarios para reparar nuestras grietas las podemos encontrar trabajando nuestra resiliencia, entendida como la habilidad del ser humano para superar los infortunios, saliendo fortalecidos y triunfantes de ellos.

Un planteamiento que resulta aún más interesante si lo trasladamos al terreno humano.

El kintsugi nos hace reflexionar sobre la idea de afrontar las dificultades, admitiendo nuestras equivocaciones con orgullo y aceptándolas como parte natural y positiva del proceso de aprendizaje y superación.

Un aprendizaje que nos lleva a alejarnos de lo establecido, liberándonos de ese peso que supone el miedo al error. Nuestras cicatrices forman parte de nuestra historia, y eso nos hace valiosos.

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