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“El horror al incesto”, según Sigmund Freud, no solo había erradicado el deseo del padre hacia sus hijas, sino que condujo a tal punto a su prohibición que se incorporó como una norma inquebrantable en la cultura occidental El relato básicamente describe cómo los hijos eran condenados a abandonar el clan familiar y desde lejos observaban cómo el padre ejercía un poder casi omnímodo y se reservaba el derecho sexual de las mujeres. Hasta que un día se organizan los desterrados, y asesinan al padre. Entre los acuerdos firmados y afianzados se transmitiría este interdicto a las futuras generaciones hasta arraigarse en la cultura. La lectura universitaria del libro “Tótem y Tabú” afianzaba mi falsa creencia que efectivamente el incesto no era posible.

Pero fue la investigación la que me conduciría a observar lo errado de estas especulaciones. Al estar entrevistando durante un verano a algunos inmigrantes ilegales en los Estados Unidos, en medio del discurso develaban que algunos de ellos tenían por hijas primerizas a quienes en realidad eran sus cuñadas, pues su progenitor era el padre de su esposa. Los padres tenían por práctica el ejercicio del poder sobre la sexualidad de sus hijas. Mi primera reacción fue volver a Freud y adquirir la conciencia de la equivocación en su aproximación teórica. Sin embargo, lo más complejo era adquirir la conciencia del abuso que muchas jóvenes sufrían, pues no era bajo su voluntad que sus cuerpos eran poseídos.

“Sin embargo, lo más complejo era adquirir la conciencia del abuso que muchas jóvenes sufrían.”

Ya en Guatemala, en colaboración en unos cursos de capacitación para personal técnico que atendía a la niñez en situación de pobreza, fue otro zarpazo que golpeó no solo mi sensibilidad sino que era inevitable el reconocimiento de un hecho que atenta contra la integridad de las niñas y las adolescentes. Nos relataron que descubrieron a un niño queriendo penetrar a un perro. Cuando la mujer desconcertada intentó hacer reflexionar al niño, este le respondió: “¿Cuál es el problema? Si mi papá hace esto con mi hermanita”.

Mi reacción fue no dar crédito a lo que escuchaba. Pero lamentablemente fue ratificado por la facilitadora. Es alarmante observar que lejos de ser interdicto el abuso y el incesto más bien es un mal que nos aqueja. En la actualidad hay centros en el país que superan los 100 casos. De ellos, aproximadamente el 90% de niñas y adolescentes fueron violadas por familiares, sean estos padrastros, familiares cercanos o los propios padres. Más del 40% de adolescentes están embarazadas y muchas de ellas no quieren tener a sus hijos, sin mencionar el daño psicológico que es muy difícil superar por la debilidad institucional en Guatemala.

En nuestro país, desafortunadamente, hacemos una defensa a ultranza de la familia, se impide la educación sexual y se limita la intervención estatal racional en casos como estos en que se infringe la ley. Da pánico pensar en que la niñez adquiere el sentido de “su cuerpo”, del ir creciendo en libertad y que las mujeres decidan sobre sí mismas. Pero no hacemos nada para crear la institucionalidad necesaria y los mecanismos para erradicar este tipo de abusos. Me indigna saber el nivel de desamparo y fragilidad de la niñez y juventud en una sociedad enferma. Tenemos que hacer algo por el respeto, dignidad y felicidad de las niñas y niños del país.

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