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De corruptores y sobornados

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GuilleCorrupción, palabra de moda. José Ángel Ceniceros (Corruptores y Sobornados, en Derecho Penal y Criminología, México, 1954) nos recuerda que, según Plutarco: “Los tebanos para consignar y recordar constante y enérgicamente el desprendimiento de que deben estar adornados los jueces, presentaban sus estatuas o imágenes ‘sin manos’”. Y anota: “Reclama para sí el delito de cohecho, una larga tradición y un recio e indiscutible abolengo, que hacen de él, según la expresión de los viejos tratadistas, un delito verdadero, y formulado como tal, por todas las leyes, reprimido con severas sanciones desde las leyes romanas, a nuestros días, destacándose el rigor, por ejemplo, de las leyes de las Doce Tablas, que castigaban con la pena de muerte la falta de rectitud de los fallos judiciales o administrativos”.

Los juramentos que las leyes de las Partidas, exigían prestar a los jueces antes de ejercer sus cargos, incluían la “promesa solemne de que no se desviarían de la verdad ni del derecho por amor, ni por desamor, ni por miedo, ni por don que les den, o les prometan dar; y que mientras desempeñen su encargo, no recibirán ellos, ni otro por ellos, don, promesa de hombre alguno que tuviere pleito ante ellos, o que sepan que lo ha de tener, ni otro alguno que se lo diera por razón de estos”. El término “cohecho”, dice, “deriva el término del cultivo o laboreo de las tierras, para expresar la acción conjunta o simultanea de la tierra y del hombre para producir los frutos, o la cosecha apetecida. Cohecho igual a tiempo de cohechar la tierra, y cohechar sinónimo de ‘alzar el barbecho, o dar la última vuelta a la tierra’. Y así como el sembrador prepara la tierra para el fin del cultivo el corruptor prepara con dadivas y promesas al juez o funcionario público para abusar de su oficina, para un tráfico punible.

“Incluían la promesa solemne de que no se desviarían de la verdad ni del derecho por amor, ni por desamor, ni por miedo.”

El juez o funcionario que falta a su deber, en prevaricador se convierte, es decir, juzga mal a sabiendas. Los romanos usaban la palabra varicator para significar ‘el de las piernas torcidas’ derivado del verbo varicare, en el sentido de no andar derecho, es decir torcido, y si el grado es mayor, es decir muy torcido prevaricare. Desde la perspectiva de la doctrina española, el juez o el funcionario pueden faltar al recto ejercicio –entre otras—: Por insuficiencia o impericia; por error; por opinión doctrinal; por negligencia; por miedo; por contemplación o miramiento; por pasión; por interés personal; por precio, dadivas o promesas; y por depravación o perversidad.

Pasando de la doctrina a la legislación, agrega que “el cohecho presupone la prevaricación” porque “el cohecho se integra por la existencia de un corruptor y de un prevaricador, de un cohechado”. Y es que, según vieja y arraigada doctrina: “En el cohecho es circunstancia especial que nunca se perpetra sin cómplices. Si no media quien dé o prometa al prevaricador por el cohecho, no puede este recibir, ni admitir, y falta en cuanto a él, el cohecho; o de otro modo: si no hay quien coheche, no puede haber cohechado”. Siempre que hay cohecha hay prevaricador, aunque la contraria no sea cierta, porque puede haber prevaricador sin recompensa, o promesa o precio.

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