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anna-valdez

Estaba esperando a mis hijos. Su vuelo se había retrasado, al igual que otros, por lo que el área para recibir a los pasajeros, en el aeropuerto, estaba más llena que de costumbre. Ahí, había familias completas, jóvenes y adultos, ancianos y niños, había flores y globos y hasta una manta vinílica con un “te extrañamos Gaby” impreso. Lo que predominaba era esa sensación de emoción, una especie de electricidad que conforme pasaba el tiempo en espera, se acrecentaba. De repente, unos viajeros empezaron a salir, y los espectáculos fueron diversos… algunas veces, los niños iniciaban la comitiva de bienvenida y salían corriendo al encuentro, por lo regular de sus abuelitos, quienes los recibían con los brazos abiertos. Familiares y amigos, se perdían juntos en un abrazo largo, al parecer mientras más largo el tiempo sin verse, más extenso el abrazo. Besos, saludos, sonrisas, carcajadas, abrazos, llantos de felicidad.

Unos más quietos que otros, unos callados otros muy elocuentes, unos ayudándole con el equipaje, otros sin querer separarse, cada quien a su manera, dándole la bienvenida al viajero, abriéndole los brazos de nuevo, como un símbolo de recibimiento a su vida y a su corazón. Pero también hubo otra clase de viajeros, aquellos que eran extranjeros y a juzgar por sus reacciones, venían al país por trabajo o turismo. Ellos no esperaban encontrar a un familiar que les gritara su nombre, por lo que en vez de emoción se percibía más su nerviosismo de encontrar rápidamente el transporte a su destino.

De repente, pude divisar a mis hijos… y entonces el corazón me dio una vuelta y pocos momentos después pude tenerlos envueltos en un abrazo apapachador. Había alegría en mi corazón, un deseo de escucharlos, de admirarlos y, sobre todo, aprovecharlos ahora que estaban de nuevo
junto a mí. 
“Y es que así son las bienvenidas”, pensé, más tarde, cuando repasaba en mi mente lo vivido. Y eso me hizo preguntarme “¿a qué más le damos la bienvenida?” Podemos dar la bienvenida a nuevos tiempos, a un nuevo año, a cambios, a nuevos retos.

Puede ser que no todas esas circunstancias despierten la emoción de volver a ver a un ser querido… puede ser que, tal y como vi a los viajeros extranjeros, el escepticismo por lo desconocido nos ganen ante ciertos acontecimientos nuevos… Pero todo aquello que nos es entregado, puede ser recibido por nosotros con emoción, con mente abierta y con deseos de aprovechar el tiempo para conocerlos, disfrutarlos y aprovecharlos.

Dar la Bienvenida, es salir al encuentro, es abrir los brazos y con ellos abrir el alma, es darle oportunidad a lo nuevo a que nos sorprenda, atrevernos a estar dispuestos a crecer con la experiencia. Muchas situaciones en nuestra vida, merecen que les demos una buena bienvenida, aun las que más tememos, aun las más desconocidas… porque esos nuevos retos pueden traernos hermosas sorpresas, pues, tal y como esa noche dijo una abuelita mientras besaba a sus nietos: “¡Y eso que no saben qué traigo en la maleta!”. ¡Bienvenido cada día, cada reto, cada viajero nuevo en nuestro camino, estamos listos para que nos sorprendan!

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