Home > Columnas > Romper los espejos
edgar-celada

Guatemala vive una realidad cuya naturaleza es distorsionada por un juego de espejos, montado por el sistema mismo, que no quiere y no puede mostrar la gravedad de la crisis que vive el país. Es una crisis multidimensional, cuyo análisis debería ser objeto de la reflexión profunda, en primer lugar, de quienes dirigen los destinos de la nación. Pero no. Recibimos a cambio despliegues publicitarios insustanciales; expresiones de un optimismo ramplón que, en último término, no tienen más propósito que hacer creer una versión que ni sus mismos diseñadores y difusores se creen.

.

Nos ofrecieron una nueva política, pero recibimos lo mismo de todos los gobiernos anteriores: profusión de medias verdades y cifras al por mayor, una mampara hecha de retazos y remiendos con la cual se sustenta el novísimo eslogan: “Guatemala, lo está logrando”. Veamos esta “joya” de un desplegado de prensa gubernamental: “Ante el mundo, Guatemala pasó se de ser en 2015 ejemplo de rechazo a las malas prácticas (sic) del sistema político a convertirse, en 2016, en modelo que logró sentar las bases del cambio…” ¡Cómo no se sonrojan, por Dios!

Nada nuevo hay, pues, bajo el sol de la República fallida: aún no se disipa el humo del insulso informe presidencial y ya el país tiene puesta la atención en qué sucederá en la Corte Suprema de Justicia: ¿se mantendrá, a como dé lugar, la magistrada denunciada en su intento de influir en las actuaciones de un juez? Ajá… así es como “somos ejemplo” de la lucha contra la corrupción. Eso es, precisamente, lo que el juego de espejos no deja ver: es el sistema en conjunto el que está podrido.

Y tiene muchas dificultades para superar sus graves contradicciones internas. Una de ellas es, cabalmente, la incongruencia entre el discurso del status quo y la realidad institucional, política, económica y social del país. El discurso liberal-republicano, con sus promesas de independencia de poderes, igualdad ante la ley, predominio del bien común sobre los intereses de clase o particulares, etcétera, tropieza a cada paso con su inadecuación con esa realidad.

La ideología liberal-democrática, oficial y constitucionalmente adoptada, queda con sus mejores vestidos convertidos en andrajos, porque el régimen oligárquico no puede sostenerse si no es a fuerza de meras apariencias, vacías de contenido. Desde esta perspectiva, la naturaleza de la crisis es de credibilidad y esta puede conducir de nuevo al borde de la crisis de hegemonía. Esto es, que se erosione su capacidad de sujeción social a este remedo de democracia.

Esto no ocurrirá, sin embargo, si faltan los protagonistas colectivos que terminen de desnudar al sistema y propongan una opción viable de democracia profunda, libre de este bochornoso divorcio entre el decir y el hacer. Es necesario salir del estado de postración, superar la anomia y sacudir la resignación a la que apela el sistema para mantenerse. ¡Rompamos los espejos, acabemos los espejismos!

.
.

Leave a Reply