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carlos-dumois

Acabo de ver un partido de futbol donde el equipo perdedor lucía superior al otro desde el principio, pero dos de ellos fueron expulsados en el primer tiempo. El segundo tiempo resultó lo esperado. El equipo con 9 hombres no pudo sostener el ritmo del juego y terminó perdiendo. Un equipo no puede ser campeón jugando siempre con 2 o 3 faltantes en su oncena.

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“Pedalearle más fuerte no es la solución cuando nos faltan piezas clave.”

En el quehacer empresarial las cosas funcionan de manera parecida. Podemos seguir adelante con alguna posición importante no cubierta durante cierto tiempo, pero si esa posición es estratégica para el plan de crecimiento difícilmente la empresa llegará a sus metas de forma consistente con un equipo incompleto. A veces esto nos ocurre durante temporadas largas. Sabemos que no estamos completos, que nos falta un par de jugadores clave y que algunos de los que tenemos no dan el ancho para ejecutar nuestra estrategia. Pero seguimos esforzándonos por avanzar confiando en nuestro espíritu de lucha y en nuestra experiencia.

En estos casos nos nubla el entusiasmo y no tomamos el tiempo requerido para terminar de conformar el cuadro. Nos damos cuenta de que si concentramos una parte de nuestra gente en ciertos quehaceres o proyectos, seguramente será a costo de dejar de avanzar en otros. Si hemos definido que el equipo necesita ciertas piezas y hemos comprobado que solamente con todas ellas seremos capaces de alcanzar los objetivos, la pérdida de tiempo se da más en nuestra ceguera de tratar de lograrlos con faltantes importantes.

Hemos afirmado que es tarea del rol de dueño el Metamanagement, la Supra-dirección, la labor de mirar desde arriba a nuestra organización y “acomodar las piezas” con visión integral; ya moviendo a los responsables hacia otras funciones que creemos que pueden desempeñar bien, ya rediseñando la estructura de mando, ya exigiendo sustituir a jugadores que no están cubriendo bien sus labores, ya trayendo de fuera talentos que nos hacen falta para completar el equipo.

Pero nos gana la inercia. Seguimos taloneándole en el día a día sin hacer los movimientos que sabemos cambiarán la dinámica del juego. Continuamos trabajando en la operación cotidiana sin dedicarle tiempo a gobernar nuestra organización empleándonos en conseguir los refuerzos para hacer los cambios, y sacar a los integrantes que ya no responden como requerimos.

De pronto algo nos sale bien -como ganar un partido- y creemos que así podemos seguir compitiendo. Nos engañamos a nosotros mismos y al equipo, y continuamos marchando cojos, incompletos. Conseguir y sostener la capacidad de logro en las organizaciones actuales demanda competencias que no pueden desarrollar individuos solitarios, por más brillantes que sean. Las modernas estructuras organizacionales exigen una mayor interacción entre sus miembros.

Las capacidades de esos miembros han de ser complementarias para que la sinergia ocurra y se produzca la multiplicación del valor. En la empresa moderna esto no se logra sumando el producto de individuos que no se refuerzan y completan entre sí. La falta de jugadores clave no es solo una cuestión de cantidad, de insuficiencia de números. El tema es mucho más delicado. Las piezas estratégicas faltantes erosionan las posibilidades de muchos otros miembros del equipo; no serán capaces de completar sus procesos o proyectos.

La ausencia de esos elementos fundamentales en una organización no solamente limita la capacidad de producir resultados; peor que eso, capa la posibilidad de multiplicar el valor que entre todos podrían crear si estuviesen completos. Cuando es tiempo de trabajar en completar el equipo, los dueños no podemos titubear ni posponer la tarea crucial de hacer los movimientos necesarios en nuestra organización. Es momento de concentrar esfuerzos y comunicarnos con nuestra gente, transmitirles nuestra visión, explicarles los cambios que hay que hacer, y poner manos a la obra: sustituir, mover, contratar, integrar. No perdamos tiempo. Con el equipo completo llegaremos adonde queremos.

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