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carlos-aldana

Esta es una época maravillosa. Se presta para los reencuentros, los gozos, los tiempos relajados y llenos de cariño, de nostalgias compartidas, de risa, de abrazos. Por supuesto, para mucha gente es tiempo de melancolías, con sonidos, olores y colores que no traen nada bueno. Es tiempo, podríamos decir, de todo. Sin ser aguafiestas y para nada amargados, en medio de todo el movimiento y del consumismo extremo, también nos aparecen preguntas o inquietudes. Por ejemplo, qué sucede con las y los trabajadores de centros de servicio, de restaurantes, lugares de entretenimiento, centros comerciales. Con el aumento significativo de ingresos y de ganancias que, sin duda, tienen en estos días, ¿algún beneficio representa ello para esos hombres y mujeres que trabajan en dichos lugares? Penosamente podemos llegar a saber, con simples diálogos, que ni aparecen bonos navideños, ni ingresos aumentados por horas extra de trabajo, nada. En algunos centros comerciales grandes ni siquiera canasta navideña -como las que venden ellos mismos- regalan a sus trabajadores(as).

El desborde de compradores o usuarios de esos centros de servicio no lleva la más mínima ganancia a quienes se esfuerzan por servirnos de la mejor manera. Y no tengo la menor duda que ya el hecho de tener trabajo es una enorme bendición en un tiempo marcado por un gigantesco desempleo. Y claro que tampoco olvido que esos centros comerciales, restaurantes o centros de entretenimiento los necesitamos en estos días, porque ahí descansamos o salimos de la rutina. Pues por eso mismo es que no hay que olvidar que detrás de tanta atención y servicio, existen hombres y mujeres que también tienen familia, que también quieren descansar, que también necesitan sentir el encuentro y la calidez de la época.

Es una cara bastante inhumana del capitalismo guatemalteco: que muchos lugares como estos no sepan valorar y apreciar a sus propios trabajadores. ¿Cuánto pierden esas grandes cadenas comerciales, muchas ya transnacionales, si pudieran ser justos y pagar horas extra en estos días, o por lo menos recordarse de sus propios trabajadores mediante estímulos o descanso recompensado? Pero en lo retrógrado de actitudes como estas, se encuentra, por lo visto, la base de su riqueza. También la justicia social, la dignidad y la igualdad debieran
ser palabras que coloquemos en nuestros adornos de estos días. No se trata solo de amor, paz, tranquilidad, felicidad para los propios, ni en abstracto, porque son los valores que le dan sentido a una vida auténticamente humana, en la que quepamos todos y todas.

La Navidad es tiempo de los más hermosos deseos, pero hay que vivirlos para la sociedad como tal. ¿Qué pasaría si es a la sociedad a la que deseamos lo mejor, a la que sonreímos y abrazamos estos días, y todos los del año? ¿Qué pasaría si de la dimensión individual y familiar que nos envuelve en estas fechas, pasáramos a la social y humana, en una Navidad interminable? ¿Qué pasaría si de los juguetes o las maratones o los gestos publicitados
de “bondad navideña” pasáramos a las decisiones estructurales, a las acciones permanentes y las políticas de construcción de la paz auténtica? ¿Cómo nos iría, como individuos y como sociedad, si el espíritu de estas fechas se convirtiera en acciones y compromisos de justicia en todas sus formas. Esa sería la Navidad más plena y apasionante, no? Al fin y al cabo, el Niño al que festejamos en estas fechas, nació para todas, nació para todos.

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