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david-martinez

No es fácil llevar una relación bilateral con Estados Unidos. Es una tarea no solo titánica, dinosaúrica sino además desgastante. La diplomacia mexicana lo ha entendido así desde hace mucho tiempo. Defender la soberanía de la nación mientras al mismo tiempo se coordinan aspectos de cooperación bilateral es un ejercicio que no siempre se ejecuta en zonas de blanco o negro sino todo lo contrario, en tonalidades de grises. Lo que hace que en determinados momentos se perciba que existe una intromisión en los asuntos soberanos. La diplomacia mexicana (que no es una diplomacia de cartón) conoce esta realidad y conoce también las formas adecuadas para reaccionar ante esta situación. Por lo general, y como manda la tradición de la diplomacia, se envían misivas de protesta de Cancillería y Cancillería. Cuando lo anterior no es lo más adecuado -por la gravedad que significa- se aprovechan las rondas bilaterales anuales que México y EE. UU. tienen para canalizar la protesta respectiva. Así funcionan las cosas cuando hay procesos institucionalizados en el teje y maneje de las relaciones diplomáticas.

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En Guatemala las cosas son muy diferentes. Y esto se hizo claro luego del viaje a Washington D.C. por parte de una delegación del sector privado y políticos guatemaltecos. Varios errores de estrategia que en suma demuestran que la diplomacia guatemalteca pareciera no existir.

El primero, que sean los empresarios quienes viajan a EE. UU. para mostrar una inconformidad frente a las relaciones bilaterales Guatemala-EE. UU. Para eso existen los canales establecidos, a los cuales cualquier grupo sectorial puede canalizar la molestia. El segundo error es producir dos versiones sobre lo que sucede en el país porque, si el Ejecutivo de turno ha respaldado públicamente (aunque sea de diente al labio) la tarea de CICIG y los esfuerzos de todos los cooperantes ¿Qué sentido tiene que una delegación muestre un tanto de diferencia frente a la postura institucional? Para un observador externo esa pequeña escisión se interpreta cómo intereses divergentes en un mismo país. Algo totalmente típico en Guatemala pero no es chiste exponerlo así en el extranjero. Tercero, si la referida visita no planteó ninguna molestia frente a la labor de CICIG y contra la labor del embajador actual de EE. UU. en Guatemala, ¿Para qué entonces la visita? Cabildear frene a senadores estadounidenses es un acto que, por lo general, busca influir en la política interna o externa de EE. UU. Si bien los senadores se deben exclusivamente a sus votantes, no es extraño que reúnan con ciudadanos que no son estadounidenses pero por lo general esto lo hacen cuando necesitan oxigenar sus visiones sobre un contexto o cuando desean contravenir la política del partido de oposición. Entonces, si un grupo de empresarios extranjeros busca reunirse con senadores republicanos para discutir sobre los procesos de la política exterior de un gobierno demócrata, me parece más que claro que la idea no es solo reunirse a tomar café.

Este tipo de acciones funcionan solamente cuando se tienen acceso a senadores de alto nivel que se sientan en las comisiones de relaciones exteriores del Senado pero cuando se accede Senadores de menor nivel, se plantea un error estratégico. La repuesta de EE. UU. no se hizo esperar. Las declaraciones del importante senador demócrata Patrick Leahy y la reciente visita a Guatemala de Juan Sebastián González, subsecretario de Estados Unidos del Departamento de Estado para Asuntos del Hemisferio Occidental dejan claro que la agenda está sentada y no cambiará por nada ni nadie.Y qué bueno, porque limpiar la cloaca de relaciones político-empresariales-narco en Guatemala es necesario. Al entendido por señas y a veces sin ellas.

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