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El proceso de negociaciones y los acuerdos de paz suscritos el 29 de diciembre del año 1996, fueron de naturaleza eminentemente política. Por lo mismo, convertirlos en algo concreto más allá del discurso plagado de promesas y emociones, es conflictivo y complejo, pues conecta problemas estructurales con expectativas y comportamientos cotidianos de las personas y grupos. Los acuerdos no alteraron en lo inmediato las estructuras que producen y reproducen el conflicto, pero sí potenciaron otras posibilidades de relacionamiento y de articulación de procesos sociales e institucionales para el cambio.

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El contenido de los ccuerdos y el período posterior de cumplimiento, implicó la emergencia de disputas en variados temas, pero los movimientos populares venían en un ciclo de baja acción y lucha. Hubo desconfianza y temor. En muchos ámbitos se esperaron cambios inmediatos que nunca llegaron y se convirtió en un flanco de debilidad. La paz es un proceso lento, largo y tremendamente disputado. Estos 20 años transcurridos indican que trajo consigo algunos cambios, muchos imperceptibles, pero todos insuficientes; de esa cuenta, el conflicto prevalece a pesar de los acuerdos de paz.

Lograr estabilidad política y reforzamiento de las instituciones democráticas, así como aceptación ciudadana de los mecanismos formales para resolución de controversias en materia de decisiones públicas y de conflictos sociales, fueron las primeras búsquedas. En este plano había temor de que los movimientos populares produjeran olas con demandas desproporcionadas que alentaran a los extremistas que estaban en contra de la paz. No hubo tales.

“El contenido de los acuerdos y el período posterior de cumplimiento, implicó la emergencia de disputas.”

Las luchas se localizaron y no se extendieron en el país, se quedaron en la defensa del trabajo de algunas dependencias públicas, en la sobrevivencia de los sindicatos, en la defensa comunitaria del territorio, en la supervivencia de los desmovilizados y de dirigentes sociales. Incluso, fue débil y poco convencida la acción colectiva para clarificar, desmontar miedos creados, motivar el empadronamiento y movilizar el voto ciudadano por el sí de las reformas constitucionales de la paz. Las organizaciones sociales y la población en general, no entendieron su importancia y los extremistas contrarios a la paz invirtieron millones de quetzales en publicidad para confundir. Los diputados y sus partidos aprobaron una gran cantidad de reformas ajenas a los Acuerdos y confundió más. La respuesta a la consulta popular fue raquítica y el resultado favoreció el no.

El gobierno neoliberal de Arzú y los extremistas, no tuvieron contrapeso de las fuerzas populares y democráticas. Eso facilitó la traición gubernamental al programa de la paz. La agenda neoliberal se impuso y las expectativas de los acuerdos se fueron desvaneciendo. La paz aún es un desafío y la democracia uno de sus más altos propósitos. No se ha logrado, el año 2015 lo hizo evidente, pero dejó claro que el futuro está en manos de una sociedad que exige y actúa.

 

 

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