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Dios dispuso crear el primer Nacimiento. Escogió entre todas las montañas las adecuadas, y ocupó todas las posadas, preparando un pequeño establo por su primera morada. Le tomó a Dios diversas generaciones practicar la dulzura justa de la Madre Eterna María, quien con el calor de su mirada sería capaz de alejar cualquier frío e inspirar paz no importando las circunstancias, un corazón dispuesto a decir “sí y amén” y desatar así la más grande historia de amor.  Desde siempre preparó en José el más grande abrazo protector junto a una inquebrantable capacidad de creer. Entre todo el Universo, Dios escogió una estrella que al inicio de los tiempos, parecía relativamente pequeña en tamaño, pero que en el momento preciso, brilló en el firmamento como nada más lo ha hecho… para guiar a los corazones que estaban listos para presenciar el nacimiento del Niño Dios.

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Dios preparó una historia desde toda la eternidad e incluyó una velada sin igual, donde los ángeles bajaron en conjunto compartiendo en coro su alegría celestial. Plumas de plata, brillos de oro cubrían esa noche, no había nada fuera de su lugar, todo estaba dispuesto, la Gloria había tocado este mundo, Dios mostraba su amor por la humanidad, era una Noche de Paz.

“Dios preparó una historia desde toda la eternidad e incluyó una velada sin igual, donde los ángeles bajaron.”

La historia de la primera Navidad, siempre me conmueve, son como bellas estampas, donde cada detalle ha sido cuidado. Nada sobra, nada falta. Pensar en esa bella noche, me remonta también a todos esos nacimientos que disfruté desde mi niñez. Recuerdo el asombro con el que veía cada una de las figuras puestas… los pastores, las ovejas, los árboles, los caminos, las casas, las luces, las estrellas, los animales, el pesebre, la Sagrada Familia…  Todo en su sitio, como suspendido en el tiempo, para ser apreciado, para tomar conciencia, no solo del maravilloso hecho, sino de la parte que nosotros somos en todo ello. Cuando veía esos lindos pueblos dispuestos con tanto detalle, quería internarme en ellos, ser una más en el cuento. Y es que tal vez, para eso sirven los Nacimientos, para hacer el recuento de quién he sido yo durante todo el año…

¿He sido el pesebre que ha acogido al Niño Dios con ternura? ¿He sido la posada cerrada, que no está dispuesta a ceder su comodidad por amor a los demás?¿He sido el pastor que en su sencillez, ha encontrado la manera de buscar al Niño Dios, presentando con humildad su corazón, que es lo que realmente cuenta? ¿He sido el Rey Mago que recorre lo indecible para honrar y poner a Dios primero? ¿He sido la estrella que lleva otros a su encuentro con Dios?

Todos tenemos una parte en este Nacimiento… todos hemos sido escogidos para este lugar y para este tiempo. Vale la pena tomarnos un momento para vernos por dentro, para descubrir el rol que Dios ha dispuesto en nosotros, y evaluar qué tan bien lo estamos cumpliendo. Porque no importa nuestro lugar, en todos habita un deseo interno de unirnos al coro celestial que iluminando el cielo canta sin parar: “Gloria a Dios en el Cielo y en la Tierra paz a los hombres que aman al Señor”. En todos existe ese deseo de que en esta Noche Buena y siempre sean Noches de Paz.

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