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Diciembre, aquí, allá… siempre

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Diciembre en Estocolmo. En las ventanas las infaltables estrellas del norte. El 13 es el día de Santa Lucía. Tradición que arranca en 1800 por la patrona de la luz. La celebración comienza en la mañana con un desayuno donde no pueden faltar el glög, especie de ponche escandinavo, las galletas pepparkakor y los panes de azafrán. Las niñas en las escuelas se visten de Lucía pero se asemejan más a los ángeles. Cantan la famosa Santa Lucía que se ha incorporado a la tradición sueca. Una semana antes de Navidad se viste el árbol, que debe ser un abeto, costumbre llegada de Alemania. Luego se baila alrededor del mismo, cantando lo que se ha cantado por generaciones: Nu är det jul igen. Jul significa fiesta en nórdico antiguo. Imagino como haría una familia sueca en Guatemala, bailando alrededor de un chirivisco, con el estruendo afuera de cuetes, cachinflines y saltapericos. ¿Y el Papa Noel? No le dicen así, lo llaman jultomte, que traduciría duende.

Es una tradición sincrética y mezclada. Hace un par de siglos se creía en el julbock, o cabro de Navidad, que se hace de paja con adornos rojos y era el que traía los regalos. Luego vino la creencia del jultomte, que al principio fue un duende molestón al que se le dejaba una porción de polenta afuera de las casas. A partir de 1850 se fue consolidando el jultomte hasta la forma actual, que recuerda al clásico Papá Noel o Santa Clos. Los niños escriben sus cartas al jultomte que llega entre las 4 y 6 de la tarde del 24 con los regalos.

“La antropología cultural se ha puesto de acuerdo en pocas cosas.”

Luego se sirve la cena de Navidad. La familia se unifica en una gula sagrada y querida. Se comen las encomiables albóndigas que solo la propia madre es capaz de preparar. Todos los suecos dicen lo mismo, “no hay como las albóndigas de mamá.” El 25 se vuelven a comer albóndigas maternas, el jamón cocido de la casa o julskinka, el sill preparado en diferentes maneras o arenques, salmón, mazapanes y panes de azafrán. La antropología cultural se ha puesto de acuerdo en pocas cosas. Una es la fuerza de la comida como costumbre; lo difícil que es cambiarla y asimilar nuevas formas culinarias. Hemos devorado heroicos tamales en Estocolmo, preparados febrilmente con harina de maíz mexicana o de Colombia, comprada en alguna tienda de Rinkeby, el barrio de extranjeros en Estocolmo. Las hojas las sustituyó el papel de aluminio.

Les he hablado a amigos suecos de los inequívocos sabores del ponche. Del aroma inefable de la manzanilla y les he contado con entusiasmo guatemalteco de la maravilla culinaria que es un tamal negro. Suelen mirarme sorprendidos. Como diciendo: “cómo pueden prescindir de albóndigas y arenques”.    Pero la Navidad va más allá de las fronteras y de la comida y los regalos. Sobre todo al pensar en la estrella que hace dos mil años guió a unos reyes sabios a  postrarse ante un recién nacido, hijo de un carpintero, en un establo donde los pobres y los seres sencillos del mundo vivieron por primera vez la Navidad. Y compartieron el pan, el vino y la esperanza.

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