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Cuando un Estado masacra cientos de aldeas por razones de Estado, el Estado pierde la razón. Plantear en 2016 que el conflicto armado en Guatemala fue producto de la Guerra Fría y que las fuerzas armadas no hicieron más que defender al país de la agresión externa comunista, es una fantasía apologética que contradice abrumadoras pruebas, testimonios, informes y estudios de muchas universidades y organizaciones en el mundo. Si se obvian las causas internas del conflicto se cae en interpretación maniquea y acientífica.

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Ilustración: Guille.Fue un fratricidio de ambas partes con papel aberrado del Estado. Es negar, con argumentación guerrerista, la esencia de los Acuerdos de Paz de 1996, que buscan identificar las causas internas que dieron origen al conflicto en aras de evitar que se repita.

Proseguir con el cuento del comunismo, utilizado contra el coronel Árbenz, para explicar ahora el conflicto armado en Guatemala, muestra que el neofascismo está estacionado en 1954; sin darse cuenta que el mundo cambió, que el anticomunismo es cosa de dinosaurios. El fascismo nacional rechaza el pensamiento democrático y ve el fantasma del comunismo. Habría que recordarles que las fuerzas armadas permitieron en el 54 la invasión de un ejército mercenario financiado por la CIA.

En 1979 fue asesinado por miembros del ejército, con el general Cansinos Barrios al frente, el principal líder de la oposición democrática y legal de Guatemala, Manuel Colom Argueta. En los meses que siguieron la familia fue acosada judicialmente y perseguida. Este magnicidio mostró la esencia terrorista de un Estado que no permitía ningún tipo de oposición a la gobernanza autoritaria y represiva. Con un alto mando del Ejército que producía generales millonarios a expensas de las arcas nacionales y de lo que sacaban a la oligarquía “para defenderlos” del comunismo. Es oportuno resaltar la entrevista de la revista Contrapoder al exgeneral Benedicto Lucas García, comandante importante del Ejército en la lucha contra las guerrillas. El general Lucas confirma lo que siempre se supo: el Ejército asesinó a Colom Argueta.

“Es una falacia afirmar que el hecho de criticar y condenar la actuación de las fuerzas armadas es visión maniquea.”

A la corrupción del Estado, desde hace décadas, nunca escaparon los generales. Un Estado fallido no puede tener más que un ejército fallido. La corrupción durante la guerra fue enorme. Cada general de brigada tenía unos 4 mil efectivos bajo su mando. Es decir, 4 mil desayunos diarios, 4 mil almuerzos y cenas, uniformes, salarios. Mucho estaba sólo en el papel. La compraventa de armas (entonces como ahora) fue de los grandes negocios. El conflicto benefició a los corruptos.    

Es una falacia afirmar que el hecho de criticar y condenar la actuación de las fuerzas armadas es visión maniquea de: militares malos, guerrilleros buenos. Nada más falso. Sobre todo, para los que nunca apoyamos formas insurreccionales de lucha armada y en cambio tuvimos la esperanza que gente como Colom Argueta, Fito Mijangos o Fuentes Mohr llegarían a gobernarnos en una Guatemala democrática y pluripartidista que superaría la pobreza.

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