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Iván Velásquez se mostró como un furibundo enemigo de la figura del antejuicio, para eliminar ese privilegio mediante las reformas a la Constitución, mientras él mismo goza de inmunidad diplomática que, como ya quedó demostrado dos veces en igual número de resoluciones judiciales, lo han librado a él de su responsabilidad directa en el asesinato de Pavel Centeno; Velásquez también ha hecho eco de sendas amenazas directas del embajador Todd Robinson en contra de los diputados,  en el sentido que serían encarcelados. Entonces, ¿cómo carajos esperaba el comisionado de la CICIG que los diputados votaran a favor de una enmienda a la Constitución que representaba para ellos una amenaza directa? Se perdió, como producto de la arrogancia de dos extranjeros, una oportunidad de oro para modificar una figura que ha representado por décadas un escudo de impunidad en la administración pública.

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Velásquez habla de sectores interesados en que fracasen las reformas a la Constitución, que no dieron la cara, en una abierta alusión al sector privado; es obvio que él no lee la prensa, porque la Cámara del Agro y la Cámara de Industria publicaron sendos campos pagados en los que de manera clara se opusieron a las reformas de la avenida de la  Reforma.

Un actor determinante en el fracaso de Iván Velásquez el lunes fue, sin duda, el presidente del Congreso, Mario Taracena. Si a alguien hay que agradecerle, es a él, ya que debido a su absoluta carencia de liderazgo y autoridad, y a su ya legendario histriónico servilismo, las reformas, como el colombiano las quería, se esfumaron.

Es importante tener claro que el asunto no quedó allí; las reformas a la Constitución están pendientes, incluso la que pretende dividirnos por medio de conceptos indigenistas que inducen al racismo. La discusión deberá continuar el año entrante, ya bajo una nueva Junta Directiva en el Congreso, y una nueva dirección en el Departamento de Estado, y ojalá con un nuevo embajador, que espero sea una persona consciente de que lo mejor para los intereses de su país es una Guatemala en la que se respire prosperidad, derivada de la certeza jurídica en todos los ámbitos, incluyendo el de la inversión privada, que es la única manera de crear puestos de trabajo que frenen la migración ilegal de guatemaltecos.

El circo debe parar; Iván Velásquez y el embajador deben comprender que lo que sucedió en el Congreso el lunes fue el reflejo de lo que la mayoría sensata del país quiere. En nada ayuda que Velásquez anuncie más circo para el año entrante; eso solo alegra a los oenegeros que se saben impunes bajo la protección del colombiano, y que anhelan que Guatemala se desmorone en medio de una crisis económica provocada por la embajada y su garrote, la CICIG.

Mientras tanto, tendremos que malgastar Q300 millones en una consulta popular en la que prevalecerá el NO. Los guatemaltecos conscientes nos partiremos la espalda para que así sea.

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