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Luego de los ensayos democráticos a partir de la vigencia de la Constitución Política de la República de 1985 y de la firma de los Acuerdos de Paz de 1996, la posibilidad de construir un proyecto de país pareciera ser que se ha detenido y agotado. La desconfianza hacia cualquier proyecto político se ha enraizado en la ciudadanía a tal punto que no existe un espacio real que nos ofrezca al menos una identificación a una ilusión colectiva. Nos encontramos en el punto que Marco Antonio Flores describía en 1985 en su poema el Fin de la Utopía: “Perdimos la batalla / La esperanza / quedó sembrada de cadáveres / A veces / sus voces / se levantan del polvo / de los caminos / clamando venganza / Pero los sueños ya no existen.”

El problema no consiste en la dimensión exclusiva de la política en la época que vivimos, la cual se expresaen falsas promesas. Tampoco en la mentira en que podemos caer cada cuatro años cuando votamos pero no elegimos. Más bien, el problema consiste en dejar de reconocer que somos sujetos de derecho, lo cual nos obliga a asumir el pasado en la medida en que lo cambiamos para llegar a ser lo que no somos todavía. El pasado lo hemos asumido como algo que debe sostenerse sin más, hemos perdido nuestra capacidad de cuestionarlo, limitando así el proyecto de imaginación y de creación de un país digno de todos nosotros. Es como que si nos hubiéramos resignado a seguir por inercia una situación política que es inviable.

Haciendo una interpretación desde la perspectiva de Sartre en El Ser y la Nada, el problema más bien radica en el autoengaño que nos hacemos para sobrellevar las circunstancias en que vivimos. No queremos asumir nuestra responsabilidad en cada acto que llevamos a cabo, el cual nos exige una clara conciencia de las implicaciones de nuestra experiencia y saber que con esa elección tomamos una decisión que afectará a uno mismo y alos otros. En otras palabras nos negamos a ejercer la libertad y con ello el hecho de ejercer nuestra humanidad.

Vivimos bajo ciertas circunstancias indeseables y nos quedamos callados o sencillamente volteamos la mirada. Nos enmascaramos y no asumimos la verdad que resulta ser muy desagradable. Quizás la única justificación que haya es la constante conciencia de ser testigos de las consecuencias que pagaron, quienes en el pasado y más recientementehan defendido la verdad y actuado de manera honorable. Aun así los valores y principios básicos que comprometen al individuo con su libertad para ampliar los espacios de decisión y elección se ven sometidos a una lógica capaz de sumirnos en la mala fe. Esto quiere decir negarnos a la apertura de una situación nueva, la cual no está exenta de dificultades, sacrificios y luchas.

La propia expresión de la libertad parte del principio de hacerse cargo no solo de sí mismo sino de la humanidad que junto a nosotros hace posible la existencia. Esto significa que aunque decidamos vivir bajo las mismas circunstancias de crisis de conciencia y de proyecto no podemos dejar de reconocer que fue producto de nuestra propia voluntad y corresponsabilidad, pero no tenemos derecho de engañarnos, guardar silencio y taparnos los ojos.

La situación actual también ha sido resultado de nuestras decisiones. No podemos dejar de lado nuestro compromiso para luchar en contra de las circunstancias en que vivimos. Debemos revertir la situación de la mala fe que nos consume y tener la decencia para ampliar nuestro ámbito de libertad.

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