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Aprendamos a vivir en democracia

La iniciativa de reformas constitucionales para lograr mejoras en el sector justicia, ya está en proceso de aprobación en el Congreso. Sin embargo, al parecer, hay grupos que no parecen muy de acuerdo con que estas avancen. Uno puede imaginarse cuáles y quiénes son, pero sin pruebas es muy complicado hacer señalamientos directos.

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He escuchado voces reclamantes de que, aun cuando participaron en las mesas de debate de las reformas, sus propuestas no se ven al 100% incluidas en la iniciativa que se llevó al Congreso. La pregunta es, ¿quién les dijo que sus propuestas se tomarían como escritos en piedra? Acaso no saben o entienden que cuando hay discusiones colectivas y masivas, lo más seguro es que nuestras ideas queden reducidas a una mínima expresión si no son del agrado de la mayoría. Porque al final de cuentas las mesas de discusión no fueron ni más ni menos que centros de negociación de ideas particulares y/o de pequeños grupos sociales que luego servirían para armar un solo proyecto de ley.

Hubo discusiones regionales con la participación de diversos grupos sociales, de todo tipo y nivel, por lo que la propuesta integrada está dotada de legitimidad. Si a alguien no le gusta, pues está en su derecho, pero en las democracias, es más que claro que “mientras las mayorías mandan, las minorías patalean”. Así es el juego de la democracia. Aunque no hayamos votado por un gobernante, si la mayoría lo escogió, el resto debemos aceptarlo y aguantarlo por cuatro años. Por supuesto que tenemos todo el derecho de reclamar, protestar, indignarnos y reprochar, pero excepto que haya delitos que castigar, como sucedió con Otto Pérez Molina y Roxana Baldetti, debemos esperar que cumplan su período constitucional.

Lo mismo sucede con las leyes que emite el Congreso. Pero en este caso particular de las reformas constitucionales, se trata de un proyecto que fue concebido por amplios sectores sociales y estuvo abierto para todas y todos, precisamente para evitar que fueran los políticos conservadores y corruptos los que le echaran mano. De ahí que, como han dicho varios diputados como Oliverio García Rodas y Mario Taracena, en esa iniciativa ya no hay nada que los congresistas deban discutir. Su única opción es aprobarlas. Tenemos que aprender a vivir en democracia, a vivir los momentos legales y los momentos políticos. Las reformas son necesarias y ojalá que los diputados no las toquen, porque seguro que arruinarán todo el trabajo que se desarrolló a nivel nacional y social, y en el que muchos de ellos también participaron.

Guatemala tiene que cambiar. Quizás no sean las mejores reformas, pero significarán un avance para comenzar a salir del profundo agujero de la corrupción en el que estamos sumidos. Pero los cambios los debemos enfrentar todas y todos. Nuestras actitudes individuales también deben cambiar. Tenemos y debemos cumplir con nuestras obligaciones y responsabilidades ciudadanas, además de exigir que se respeten nuestros derechos. Solo de esa forma allanaremos el camino hacia un Estado de derecho sólido y realmente democrático.

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