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edgar-celada

En la observación del acontecer político, nacional y externo, predomina la impresión de que vivimos tiempos de reacomodo hacia la derecha. A partir del 8 de noviembre último, con el triunfo electoral de Donald Trump en Estados Unidos y el inicio del proceso de transición para que asuma la presidencia de ese país, la imagen del regreso del péndulo parece inapelable, casi apabullante. Lo que ocurre en el escenario imperial, por fuerza tiene y tendrá correlatos domésticos en los satélites neocoloniales. Tal el caso de Guatemala, donde asistimos a la aparente consolidación de los procesos de reacomodo y reposicionamiento de las expresiones conservadoras dentro de los poderes del Estado.

El resumen de esos procesos, obligadamente incompleto, es aproximadamente el siguiente: el derrumbe de las expresiones más descaradas e impresentables de lo que he llamado “modelo de democracia capturada”, dio lugar a la emergencia de una inesperada e impensable (hasta antes de la crisis de 2015) carta de recambio. La victoria electoral de Jimmy Morales y FCN-Nación descolocó a todo el mundo. Su orfandad política (programática y orgánica), su evidente no saber qué hacer con ese “loteriazo en plena crisis” que significó llegar a la presidencia, empujó esos procesos de reacomodo y reposicionamiento: ellos dieron sustancia a los más vergonzosos episodios del acontecer político guatemalteco en 2016.

La elección de la presidencia de la Corte Suprema de Justicia y la elección de la próxima junta directiva del Congreso, simbolizan tales reposicionamientos y reacomodos del poder. Más discreto, pero más eficaz, es el retorno de los poderes económicos tradicionales a los cuartos de al lado del gobierno. Lo ocurrido en EE. UU. tiene aquí un “efecto Red Bull”: le pone alas a la fantasía de la plena restauración conservadora, desde la apuesta por desechar las reformas constitucionales en materia de justicia (o vaciarlas de sustancia) hasta la “rehabilitación” de las “pobres víctimas” de la “persecución política” montada por el Ministerio Público y la Cicig: los cabecillas de La Línea y demás conexos.

Pero a contrapelo del eclipse conservador, la nota relevante de la semana en la vida política nacional viene de esa refrescante convocatoria a sembrar futuro, concretada el domingo 20 de noviembre por el Movimiento Semilla. Lo ocurrido ese domingo en el Salón 2 del Parque de la Industria, tiene muchos significados. Pregunté, en una breve encuesta personal, por esos significados a varios de los participantes. La respuesta que más me impresionó fue: creer, necesidad de creer. Creer que es posible el rescate ético de la política. Que es posible hacer política para servir, y no para servirse de ella.

Creer que la sociedad guatemalteca tiene suficientes reservas morales, para hacer las cosas de otro modo. Creer en que pueden existir liderazgos comprometidos con el bien común. Creer que es posible unirnos para sembrar futuro.

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