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Por: Erlin Amaya

Latinoamérica es una de las regiones más ricas de la tierra; posee tanto amplia riqueza natural como cultural, es un terreno privilegiado, con un clima diverso y maravilloso, una variedad de fauna y flora increíble, costumbres, tradiciones y gastronomía fabulosos y gente amable, cálida y amigable que hacen que cualquiera de sus visitantes de cualquier parte del mundo se enamore inmediatamente de la región.

Pero entonces, si somos un paraíso en la tierra, ¿Por qué somos también una de las regiones más pobres, vulnerables, corruptas, violentas, y polarizadas? Es muy fácil responder a esta interrogante culpando a los a los malos gobernantes, a los políticos corruptos, y a los empresarios opresores que han subyugado a nuestros campesinos, y han mantenido la riqueza acumulada en una pequeña parte de la población. Sí, todo esto puede ser cierto, pero siempre será más fácil culpar y responsabilizar a alguien más de nuestros problemas, antes que detenernos a reflexionar como individuos, ciudadanos y miembros de una sociedad sobre que estamos haciendo nosotros para contribuir a la situación en la que estamos, y qué papel jugamos en el desarrollo o subdesarrollo de nuestra sociedad.

Y es que el pensamiento colectivo, no concierne únicamente a los líderes, buenos o malos, ya que los efectos de las decisiones o acciones que ellos tomen no serán las únicas consecuencias que afecten a la población. La realidad de la sociedad depende de cada una de nuestras acciones que tengan un impacto colectivo, aun cuando no estemos conscientes de ellas, ya que este es precisamente el problema: Aún no identificamos qué cosas de las cuales hacemos diariamente y qué ideas con las cuales hemos crecido influyen no solo en nuestra vida y en la de aquellos que nos rodean, sino en la de la sociedad en la que vivimos.

En esto radica la importancia de concientizarnos sobre lo que estamos haciendo y cómo repercute en nuestra sociedad, para que así podamos empezar a tomar control de nuestras acciones, y no nos limitemos a responsabilizar a los demás sobre aspectos en los que todos contribuimos.  Por ejemplo: los guatemaltecos, en particular, nos caracterizamos por presumir las bellezas de nuestro país, la riqueza cultural y natural que posee nuestra bella tierra del quetzal, nuestro clima perfecto, ser un país multilingüe y multicultural, nuestros trajes típicos, tradiciones, y nuestra rica comida. Pero ¿cuántos de nosotros, realmente estamos conscientes de esta riqueza y la valoramos día con día?

La realidad es que somos un pueblo discriminativo con nuestra propia gente. La sociedad puede ya estar polarizada y nuestros pueblos indígenas pueden ya encontrarse en una situación de desventaja marcada por los sistemas de gobierno, pero quienes realmente alimentan esta forma de pensar, y quienes mantienen el status quo de nuestra sociedad somos nosotros mismos; con nuestras acciones diarias, nuestros comentarios, nuestras ideas, lo que inculcamos a nuestros hijos, la forma cómo nos expresamos de los demás en las calles, con nuestros amigos, con nuestra familia.

Y esto no ocurre únicamente dentro de nuestras fronteras, la discriminación va más allá de menospreciar (aunque sea inconscientemente) a alguien por su color de piel, su idioma natal, o sus raíces indígenas, los latinos nos discriminamos entre nosotros mismos, por nacionalidad: la mayoría de países fronterizos odia o no soporta a sus hermanos vecinos, sin razón alguna, o razones tan antiguas o frívolas como: rivalidades deportivas, conflictos geográficos, el acento, apropiarse de la autoría de un término, la nacionalidad de algún personaje famoso, o la preparación de un platillo típico.

Esto ha llevado a generalizaciones como: “Los guatemaltecos odian a los mexicanos”. “Los argentinos odian a los chilenos”. “los ticos odian a los nicas”. “los uruguayos odian a los argentinos”, etcétera. Pero ¿Cuántas de las personas que emiten estos juicios conocen realmente estos otros países, sus culturas, y han tratado a su gente? Normalmente este odio generalizado y para nada justificado trasciende generaciones y es inculcado desde casa o en los círculos sociales frecuentados, lo cual lleva a las personas que lo sienten a no razonarlo, y simplemente actuar por reflejo, instinto cultural o inercia; sin darse cuenta que la frivolidad de este sentimiento genera consecuencias mucho más trascendentales.

En Latinoamérica estamos tan divididos, que todos saben quién es el presidente de EE. UU  pero pocos o nadie sabe quién es el de Haití, o el de Paraguay.

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