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Las trabajadoras domésticas

carlos-aldana

Son mujeres de origen pobre, rural y muchísimas provenientes de los pueblos indígenas. Se dedican a las tareas y oficios en nuestras casas y resultan siendo un personaje clave en la vida cotidiana. Sin ellas, ni la limpieza, ni el orden, ni la comida, ni la ropa estarían cómodamente disponibles en aquellos hogares que reciben sus servicios. Ellas representan un aspecto crucial en la vida diaria de miles de hogares en nuestro país.

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Pero no constituyen un sector laboral que sea apreciado en toda su magnitud. El abandono jurídico que sufren, la pérdida de su valoración y estima, el desprecio, la sensación de ser “personas de segunda categoría”, además de situaciones como el abuso o el acoso sexual, se suman a la indefensión legal que tienen frente al poder e influencia de las mujeres y hombres que las “contratan” (las comillas son totalmente intencionales).

La necesidad de su aporte laboral es muy fuerte, por eso es inentendible que sea muy mínima su valoración. Ya sé que siempre hay voces que hablan de que “son aprovechadas, o no hay que darles mucha confianza porque se pasan”, etcétera. Pero todos los oficios y profesiones del mundo cometen errores y tienen representantes que hacen quedar mal la profesión. Y si no, qué dicen de médicos, sacerdotes, profesores, ingenieros, artistas…

En Guatemala, según la Asociación de Trabajadoras del Hogar, a Domicilio y de Maquila, Atrahdom, existen 198 mil trabajadoras domésticas. Esta es una cantidad impresionante y significativa y debiera implicar esfuerzos sociales y jurídicos de dignificación a su labor, esa de la que goza la mayoría de hogares (principalmente urbanos y más específicamente de la capital). Pero más impresionante es que son ya 69 años de un régimen laboral totalmente infrahumano y negador de la dignidad de las trabajadoras domésticas.

Así que es necesario, urgente e importante que el Congreso de la República legisle a favor de ellas. Se encuentra en su seno la Iniciativa de Ley 4981, que ratifica el Convenio 189, adoptado por la Organización Internacional del Trabajo, OIT. En él se establece la necesidad del trabajo decente para trabajadores y trabajadoras domésticas.

A través de este instrumento podría pensarse en mejores condiciones laborales y sociales para las trabajadoras domésticas, aunque esto haga pegar el grito en el cielo de cientos de mujeres y hombres que aprovechan sus servicios con salarios injustos y condiciones indignas.

Así, aspectos que deberán irse incluyendo en nuestro imaginario (y obviamente, desde el establecimiento de la ley), son la información y contratos, igualdad de trato, salario mínimo, seguridad social, protección contra los abusos, acceso a la justicia.

Estoy muy seguro que este tipo de propuestas e iniciativas no son populares, y que, incluso, este tipo de columnas generan un rechazo enorme, pero tenemos que ser justos y llevar a la práctica concreta y cotidiana los valores de la dignidad, los derechos humanos, la justicia, la igualdad. No parece ser de cristianos el trato indigno, desigual y abusivo hacia trabajadoras domésticas, pero sí somos una sociedad que en su lenguaje, en sus símbolos y ritos, se ufana de la cristiandad como valor central. Así que, entre otros temas y problemáticas, el de las trabajadoras domésticas es un llamado a la coherencia y la aplicación de los valores más difundidos o enfatizados.

Demandemos, pues, que el Congreso realice un acto de verdadera justicia y apruebe la iniciativa de ley mencionada.

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