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Un círculo lleno de vicios

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Por: Erlin Amaya

La recién concluida semana fue protagonizada por una serie de eventos que han marcado una vez más nuestra historia nacional e internacional. Dichos eventos constituyen un claro ejemplo de cómo el comportamiento social del ser humano promedio se determina en su mayoría, por acciones de réplica, presión social, sentimientos de enojo, venganza, ira y frustración: todos negativos.

El problema es que mientras sigamos cometiendo los mismos errores como población, y como individuos no tengamos conciencia del efecto colectivo de nuestras acciones seguiremos cayendo en los mismos errores y creando nuevos vicios que nos dejan atrapados en un círculo socio-político en el cual no importan los factores externos que cambien, el partido político de turno, o la época en la que vivamos, seguiremos quejándonos de los problemas que afectan a nuestra sociedad, de los resultados electorales, de las decisiones de nuestros gobernantes y de las reacciones de ciertos grupos manifestantes.

Encabezando la lista de la semana se encuentra la elección del futuro presidente de los Estados Unidos, un evento en el cual se vio marcado como “la vieja política” vuelve a salir perjudicada cuando se encuentra compitiendo con un empresario exitoso, jamás inmiscuido (claramente) en política. El lema de “ni corrupto ni ladrón” vuelve a presentarse, esta vez en un escenario totalmente distinto, con una frase diferente en forma, pero igual en contenido y con un discurso un tanto más ofensivo, claro y directo, pero enfocado al mismo público: Al público harto, al que no ve una alternativa, al enfadado con las autoridades, al que no asume responsabilidad, al que quiere un cambio sin importar el precio ni las consecuencias, al público dividido, al divisor, al individualista incapaz de pensar en el bien colectivo, al que ve la foto pero no el panorama, al que únicamente se coloca en grupo por el poder que reconoce en la mayoría, pero que es incapaz de actuar y levantarse por sí solo con propuestas diferentes el que no presta atención al contexto y pasa por alto el significado real de las cosas no por ignorancia, sino por indiferencia, que es peor.

Esto es populismo en toda su expresión y contrario a lo que la mayoría suele comprender por tergiversaciones que se han dado a dicho término,  el populismo no se refiere a  la clase social más baja, no es el más pobre, ni el analfabeta, no es el que vive en el campo, ni el que no tiene acceso a educación, no es necesariamente socialismo, y no responde exclusivamente a una inclinación de derecha o izquierda. Simplemente es la voz popular que se transforma en mayoría, la cual logra su número por la falta de acción de una minoría que prefiere callar. Una mayoría harta, enfadada, que no cuestiona, que cree, que justifica, que quiere un cambio y que se deja llevar por promesas de grandeza, una mayoría capaz de causar que una idea que al inicio suene incoherente, cruel, imposible o extrema llegue a ser popular, una mayoría que prefiere el voto de castigo antes que el voto nulo, o el voto tercerizado por el miedo a perder, y prefiere volverse a quejar en cuatro años por las ineficiencias del gobierno, que armar propuestas y acciones concretas desde sus espacios de control. ¿Les suena familiar?

Pero por supuesto, no hablamos únicamente de lo que pasa en Estados Unidos o de las situaciones electorales que vemos repetirse una y otra vez cambiando banderas y colores en diferentes países. Estos vicios sociales del comportamiento humano se ven reflejados en muchas otras maneras; por ejemplo: basta ver  en las calles de nuestro país cómo por cuidar la imagen de cierto sector hemos caído en varios y repetitivos errores: Guatemala se encuentra polarizada y esto no es nueva noticia, al ocurrir un evento como el del pasado jueves en el Centro Histórico, surgen 2 clásicas posturas: la de juzgar y criticar y condenar, y la de justificar y victimizar. Posturas opuestas, pero ambas con un mismo final: cero cambio.

Ni por condenar o juzgar las acciones de alguien esta persona (o grupo de personas) va a cambiar; ni por justificar y victimizar a cierto grupo vamos a lograr un cambio en las regulaciones, en la legislación o en la forma de proceder contra ciertas acciones ilegales. La perspectiva debería ser el entendimiento del contexto bilateral del conflicto, al análisis del trasfondo de lo que ocurre, y la propuesta de alternativas, no paliativas, sino preventivas. Ya basta de querer curar la enfermedad en su fase terminal, es necesario tratar los síntomas de la enfermedad aun cuando no está diagnosticada.

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