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Otro triunfo de la antipolítica

victor-ferrigno

La elección de Donald Trump es otro triunfo de la antipolítica. El electorado estadounidense, harto de la politiquería tradicional, de la demagogia y el cinismo, eligió al candidato antisistema. No los convenció el perfil empresarial, ni el programa del candidato, sino su discurso contra un sistema político y económico que los ha olvidado, que los ningunea y que privilegia invertir en guerras foráneas, en lugar de atender a sus ciudadanos.

Según las encuestas, un 70% del electorado no creía en la honestidad de Hillary Clinton, y las propuestas de corte social de Bernie Sanders les asustaron. Así, quedaba la opción de Trump, que ofreció ocuparse del ciudadano blanco común, desempleado y empobrecido, que constituye el núcleo duro de la base social republicana, el cual le dio el triunfo.

Desde hace décadas, los antropólogos denominan a la sociedad estadounidense el melting-pot, o sea, el crisol donde se fundieron razas y culturas diversas que, bajo la hegemonía de los blancos fundamentalistas, construyeron el país más poderoso de la época moderna.

Los latinos y los afroamericanos fueron, por décadas, minorías discriminadas, hasta que, gracias a sus luchas, adquirieron más poder e incidencia, desplazando a los trabajadores blancos, cuyo orgullo radicaba en trabajar para una industria nacional que les abandonó y se trasladó a China, Vietnam y Tailandia. Sus líderes también les abandonaron, para privilegiar el apoyo a la banca, al comercio internacional y al complejo militar-industrial, que necesita guerras para crecer y enriquecerse.

Por estas razones es que el establishment estadounidense considera la migración latinoamericana como un problema de seguridad nacional, consciente que en pocos años 1 de cada 3 ciudadanos será latino y tendrán la capacidad de cambiar la correlación de fuerzas internas. Entre la élite de los supremacistas blancos frenar la migración es un asunto de sobrevivencia política, por lo que a ese esfuerzo le dedicarán los recursos económicos y militares que haga falta.

Donald Trump y su equipo estudiaron el fenómeno, articularon un discurso antisistema y enarbolaron la bandera de “restablecer la grandeza de la sociedad estadounidense”. Hasta cierto grado, sonaba risible que un multimillonario blanco y rubio, despotricara contra los Tratados de libre comercio, contra el FMI, contra la OTAN y contra los grandes medios de comunicación, pero expresaba lo que una parte clave del electorado quería oír: primero los estadounidenses.

Y la estrategia funcionó. Los republicanos aseguraron los votos de los estados que tradicionalmente les apoyan, y les bastó arrebatarle a los demócratas el triunfo en 3 estados del cinturón industrial, para alcanzar los 270 votos de colegios electorales para ganar la contienda nacional, contra el pronóstico de las encuestadoras, a contracorriente de los grandes medios, y con 5 veces menos plata que Hillary.

En 1987, como expresión de rechazo a la politiquería del sistema, los italianos eligieron como diputada a la actriz porno conocida como la Cicciolina (la Cariñosita); en 1993 Jesse Ventura, un luchador profesional, fue electo gobernador de Minnesota; en 2015, el actor cómico Jimmy Morales resultó electo presidente de Guatemala; y ahora le tocó el turno a Donald Trump.

Como sabiamente advirtió Facundo Cabral: “Por temprano que te levantes, a donde quiera que tu vayas, ya está lleno de pendejos, y son peligrosos porque al ser mayoría ¡eligen hasta al presidente!”

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