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Las remesas de los guatemaltecos que se van a Estados Unidos son el otro lado de la moneda del fenómeno migratorio. Son recursos nada despreciables para los bancos y otros intermediarios, lo que para los migrantes y sus familias es la única tabla de salvación. Los gobiernos y las familias adineradas, así como la casta de funcionarios y políticos dedicados a los negocios pueden dormir  tranquilos, sin el peligro que estalle una revolución. Al final, con las remesas la economía se mantiene a flote sin importar los déficits sociales, sobre todo en educación, seguridad alimentaria y salud. La válvula de escape está ahí. 

Las remesas que se envían al país subieron en el año 2015 a más de seis mil millones de dólares, cifra récord en América Latina y el Caribe. Esas remesas son mayores a las divisas que recibe Guatemala por concepto de turismo y exportaciones de café, azúcar y otros bienes. Si solo quedaran en Estados Unidos los migrantes con residencia legal, unos 400 mil, el resto, quizá unos dos millones de guatemaltecos, dejarían de enviar remesas. Peor aún, si Estados Unidos promoviera un programa de reunificación familiar, el flujo de dinero se reduciría drásticamente. Entonces sería la debacle. Lo más cómodo, entonces, es que se mantenga la migración de paisanos a los Estados Unidos. Mientras más se vayan, mejor. Es la manera más fácil de darle cierto dinamismo a la economía. De lo contrario, estaría casi muerta.

Según estudios, América Latina recibe cada año más de 65 mil millones de dólares en remesas enviadas por migrantes desde Estados Unidos.

El escape de guatemaltecos a Estados Unidos ha sido una tabla de salvación para Guatemala y un gran alivio para la raquítica economía de los pobres, no así para otros sectores, como los intermediarios financieros, las empresas telefónicas, los bancos y el comercio. El Estado no invierte en crear para sus habitantes condiciones dignas de vida, acceso con calidad a educación y salud, buenos caminos y carreteras, vivienda popular, recreación adecuada, seguridad social, empleos dignos, créditos para proyectos de inversión. En cambio, se invierte en cosas superfluas, tal el caso del denominado Consejo Nacional de Atención al Migrante (Conamigua), creado por el Congreso de la República en 2007 como un nicho burocrático para los diputados, sus familias o sus asesores. Tan así que un diputado estaría dispuesto a dejar su curul para hacerse cargo de la Secretaría Ejecutiva. Por lo visto, un buen hueso. Incongruencias de este país que nada en un mar de corrupción.

La deportación ya alcanzó con Obama cifras récord, pero si Trump endurece las reglas de juego, hay que prepararse para más. Mucha de nuestra gente sufriría con deportaciones en masa, o con más controles e impedimentos para cruzar la frontera. Bueno o malo, esa presión interna también sería una bomba de tiempo para nuestro endeble sistema, poco interesado en hacer cambios que conduzcan a un mayor bienestar para la población. Una chispa, podría encender el fuego.

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