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La Guatemala pobre no conoce a Trump

manuel-villacorta

La población guatemalteca está agobiada. Existen dos fenómenos que han minado casi por completo la esperanza nacional de construir un mejor país: por una parte, un modelo económico basado en la informalidad laboral, que dejó de crecer, que se muestra insuficiente para integrar y beneficiar a una población de más de 16 millones de habitantes. Un modelo económico  que en este mundo globalizado perdió competitividad internacional porque nunca se modernizó, quedándose atrapado secularmente en su carácter primario, eminentemente agrícola. Ser un país medianamente industrializado quedó como lejana aspiración y ni siquiera logramos acceder sustentablemente al sector servicios, como ejemplo, nuestro estrepitoso fracaso con el turismo a pesar de ser sin duda alguna, uno de los países naturalmente más bellos del mundo.La Guatemala pobre no conoce a Trump

Por otra parte existe otro fenómeno, nuestra incapacidad histórica de fundar y hacer funcionar instituciones públicas eficientes, sustentables y socialmente respetables. De dictaduras militares pasamos a la diversidad gubernativa de administraciones civiles ineptas y corruptas. Hace más de medio siglo que Guatemala no posee una sola administración pública que sea recordada con respeto y admiración. Vemos esa agobiante lucha de poder por cooptar los organismos del Estado y todas las instituciones públicas. Vemos cómo las mafias se reciclan, se mimetizan, se reconstruyen con espectacular rapidez.

Municipalidades que son manejadas con asombrosa desfachatez haciendo de los recursos públicos un botín permanente para las administraciones municipales, ante una Contraloría General de Cuentas inepta y muchas veces, cómplice de la corrupción.  Deberíamos de revisar ese 10% de asignación presupuestaria anual establecida en la Constitución de la República a cada una de ellas, porque los avances en obra pública son mínimos mientras los patrimonios de muchos alcaldes han llegado a constituirse en ostentosas y ofensivas fortunas. Esa asignación quizá en su momento estuvo bien intencionada por los legisladores, pero en la realidad demostró ser un fracaso.

Tenemos  un modelo económico obsoleto e insustentable, un dato particular: en promedio las 10 empresas más grandes de Guatemala a la fecha, reportan un 20% de ventas menos en relación comparativa al año anterior. Tenemos un modelo político institucional ineficiente y corrupto. Eso nos da como resultado, esta Guatemala en la que vivimos, plagada de amenazas y de problemas sociales agobiantes. Los grandes grupos de poder fáctico de nuestro país ya muestran preocupación.  Una preocupación tardía y quizá ya sin razón, porque el diagnóstico nos ubica como uno de los peores países en el mundo para vivir e invertir. Así de implacable es nuestra realidad, le agrade o no a muchos.

Curiosamente, en las áreas urbanas de nuestro país, especialmente en todos aquellos espacios en donde funciona la comunicación global, hay asombro y preocupación por los resultados electorales en EE. UU. Pero no nos percatamos que para los millones de guatemaltecos que viven en la precaria área rural o en los 500 asentamientos humanos que rodean la ciudad de Guatemala, esa noticia es irrelevante, su deseo e intención de emigrar hacia EE. UU. está latente, miles intentarán llegar a ese país, miles lo lograrán, por más muros y leyes que se impongan. Es asombroso que no se entienda a estas alturas, que la emigración no deseada, solo se evita cuando un país le ofrece a sus ciudadanos condiciones aptas y promisorias para vivir con dignidad.

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