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La elección de Junta Directiva del Congreso de la República ha adquirido una tonalidad de incertidumbre tras la renuncia del diputado Oliverio García Rodas, del Partido Movimiento Reformador, como candidato a presidente de ese Organismo del Estado. Entre sus compañeros de fórmula había varios diputados cuestionados. Las alianzas de bloques parlamentarios para promover esa candidatura, según distintas versiones, provenían de una decisión entre reclusos que fueran influyentes personajes de la vida política durante el gobierno pasado. Garantizaban una cantidad mayoritaria de votos.

Todo esto provocó que numerosas organizaciones sociales expresaran su preocupación, pues la candidatura conllevaba el riesgo de compromisos ocultos que estarían garantizando continuidad  de la impunidad y del enriquecimiento ilegal a costa de los recursos públicos y del estancamiento del país.

Debe decirse que el diputado García junto al actual presidente de ese Organismo, el diputado Mario Taracena, son dos personajes que forman parte de las prácticas más tradicionales en el desempeño parlamentario. Han aparentado muy bien grandes esfuerzos de cambio, sin cambiar nada de los mecanismos que facilitan la corrupción y las decisiones antinacionales a puerta cerrada. Es difícil creer que la labor de alguno de ellos al frente de la Junta Directiva cambie las cosas.

Algo de esto se refleja en que el excandidato García ve innecesarias algunas de las reformas constitucionales en materia de justicia; esto implica meterle mano a la propuesta que llegó con amplia discusión previa, encabezada por el MP y otras entidades, pues algunos le temen y se sienten amenazados. Como presidente de la Comisión Legislativa y Puntos Constitucionales, el diputado García puede intentar modificaciones antes que la Iniciativa de Ley llegue al Pleno, sin importar si mucha gente ya opinó y respalda las reformas como están. Es uno de los problemas que arrastra la democracia representativa y el sistema electoral guatemalteco, pues una colectividad autoriza mediante el voto a un personaje a que hable por ella, sin que tenga obligación a consultarle y rendirle cuentas al electorado.

Por aparte, la diputada Nineth Montenegro también mantiene su candidatura, pero parece que no cuenta con los votos para acceder a la presidencia y es difícil predecir si con ella habría diferencia o sería más de lo mismo. Ojalá que de llegar, se comprometa a cambiar las cosas.

Lo que queda en el ambiente es duda. Las piezas que se mueven en el Congreso de la República en estos momentos, parecieran dirigirse a la repartición de beneficios y espacios de decisión legislativa, así como otros arreglos desconocidos. De esa cuenta, sigue vigente la necesidad de vigilancia ciudadana hasta lograr transparencia y democracia y evitar que se mantenga la corrupción y la impunidaden el país. Mientras esto llega, la desconfianza y el descrédito del Congreso de la República lejos de aminorar, se agrandan y se agravan.

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