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manuel-villacorta

IlustraciónEn 1986 Guatemala formalmente anunciaba al mundo su ingreso a las sociedades democráticas. Se inició el desmontaje de un aparato autoritario que durante tres décadas, había sometido bajo todo mecanismo opresivo a nuestra sociedad. La llamada liberalización de las fuerzas sociales se hizo sentir. Todos creíamos en un futuro mejor. La Democracia Cristiana -un partido para entonces de larga lucha política- sería la encargada de llevar esa transición hacia puerto seguro. Vinicio Cerezo se constituyó como el primer presidente de la denominada era democrática. Las banderas de la paz ondeaban en la región centroamericana, el optimismo brotaba y la esperanza para los pobres, por fin parecía hacerse visible. Pero cuando Cerezo planteó la existencia de una “deuda social” que exigía ser atendida y cuando urgió a reformar el sistema fiscal para propiciar una mejor redistribución de la riqueza, todo se vino abajo. Volvieron a surgir los intentos de golpe de Estado propiciados por los sectores más conservadores y reaccionarios del país. Resurgieron las diferencias, los miedos, los odios y la confrontación.

Poco tiempo después los grupos reaccionarios recuperaron la calma, habían logrado que un candidato -Jorge Serrano- aparentemente afín a ellos, ganara las elecciones. Un nuevo gobierno conservador se instalaba en el poder. Pero Serrano se desmarcó de estos en muy poco tiempo, llegando a confrontarlos cuando incidió directamente en los procesos de privatización de las empresas públicas. En medio de una crisis política muy aguda, Serrano opta por un golpe de Estado, sustituyendo arbitrariamente a los miembros de la Corte Suprema de Justicia, mientras simultáneamente disuelve un congreso que se sabía, estaba sometido a una corrupción sin precedentes. Pero esa acción promovida por Serrano, también inquietó a los poderes fácticos regionales (OEA) que la consideraron como un mal ejemplo para América Latina. La región entonces intentaba casi toda, trocar el autoritarismo militar por gobiernos democráticos instituidos mediante elecciones libres.

Lo demás es historia conocida. Una serie de gobiernos de variopinta especie se establecieron en el país. Para entonces ya se había perdido la posibilidad de instituir una verdadera democracia en Guatemala. No solo esa democracia formal y electoral consuetudinaria, sino una democracia económica y social que por primera vez estuviese al servicio de las mayorías empobrecidas y marginadas de Guatemala. La corrupción se perfeccionó. La política se privatizó. Las oligarquías políticas se consolidaron con tanta propiedad y perfección como solo lo saben hacer los cárteles del crimen organizado. Y ahí tenemos el resultado, esta Guatemala dantesca engendro directo de tanto politiquero infame. Los daños son terribles, el tiempo se ha perdido, pero a pesar de ello solo un camino tenemos: recuperar la dirección política del país a partir de elegir personas honestas, capacitadas y comprometidas. El reto es inmenso pero ineludible a la vez: volver a empezar y volver a creer en la esperanza de un futuro mejor para todos.

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