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Nuestro futuro y las universidades

La mirada hacia nosotros mismos ofrece la oportunidad de hacer un balance de nuestra época. El tiempo en que vivimos nos demanda una revisión no solo del curso de nuestro acontecer, sino también de la forma en que lo analizamos, interpretamos y accionamos. Las actuales circunstancias nos muestran una inconformidad que se agita por todos lados. Pareciera ser que más allá de la superficie, lo que nos empalma es un descontento con nuestro pasado inmediato y su confluencia en un presente que urgentemente necesitamos reformar.

Podríamos afirmar que las actuales circunstancias nos obligan a asumir una postura y la necesidad de encontrar acuerdos. Nos encontramos enredados ante una transformación en la forma en que hemos sido intervenidos y luego de que sus procedimientos regulares han envejecido después de 60 años. También con ellos, las estrategias usuales de resistencia siguen formas que ya no responden a una interpretación de la historia, mucho menos a sus prácticas. No se trata de seguir tradiciones que se han sedimentado tratando de recuperar el espíritu de una época que se ha desvanecido a pesar de la nostalgia, el miedo o el aturdimiento de encontrarse frente a nuevas tensiones y transiciones.

Las dimensiones del secuestro del poder político para garantizar intereses privados y la corrupción nos convocan a no seguir ante la indiferencia o la inacción para continuar con un estado de cosas que solo puede ser caracterizado como una especie de perturbación colectiva.

Los intentos por crear una democracia basada en el respeto de los derechos humanos y que ideológicamente no atentara contra la ideología dominante a nivel mundial ha carecido de condiciones, puesto que las circunstancias amplían la noción de justicia no solo a su aplicación, sino también a las condiciones mínimas que deben imperar en una sociedad que garantiza por sobre todas las cosas la vida misma.

Sin perder el alcance del significado que conllevan los nuevos movimientos para reconstruir el régimen de legalidad, particularmente de procesar a los responsables de la debacle del Estado y el robo descarado, la persecución de quienes evaden impuestos y los crímenes contra la humanidad, operados durante el conflicto armado, es necesario extender nuestras capacidades para construir a la luz de nuestros tiempos un nuevo acuerdo nacional de desarrollo. El país ya no puede seguir resignándose ante el mal menor eligiendo lo que no vale la pena.

Creo que es el tiempo de las universidades para convocar, discutir, dialogar y esbozar el escenario del país que deseamos. Los intelectuales no podemos evadir la responsabilidad que se expresa en los idearios, visiones y misiones que se exponen frente a la vista de quienes asistimos como profesores, investigadores y alumnos a las casas de estudio. La universidad no es ajena a los problemas nacionales y a la formación de las élites; está llamada a vislumbrar y hacer realidad la transformación del país.

En este momento de incertidumbre las quince universidades deben convertirse en el punto de inflexión, haciéndonos recuperar el sentido de eticidad y certeza en estos tiempos de aturdimiento y de acumulación de la desesperanza. No sería la primera vez que este hecho ocurriera y, a diferencia de otras veces, la universidad estatal debería acompañarse por las universidades privadas. El giro de las universidades podría generar la capacidad de devolvernos la esperanza y el sentido de dignidad que acompaña el hecho de ser soberanos.

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