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Hablemos de hegemonías

Por Roberto Recinos

Hace un par de días, la noticia de protestas con pintura de espray en varios puntos de la capital se volvió viral y la reacción masiva fue de condena ante tan deleznable vandalismo, como decían muchos.  Lo cierto es que los vándalos de turno encontraron en estas expresiones su propio 20 de Octubre digno, para que las estatuas y las paredes gritasen lo que a ellos o ellas no se les ha permitido decir de ninguna otra manera.

Especulo, cierto, pero lo hago porque es imprescindible que practiquemos empatía antes de repartir juicios morales sobre aquellos que no tienen la oportunidad de escribir artículos para comunicar sus preocupaciones, o ir a la escuela para aprender a exigir sus derechos por vías ciudadanas menos chocantes.

Lo hacen porque las fuerzas hegemónicas les aplastan sus derechos, y en un momento de desesperación deciden arriesgar su libertad para exigir justicia. Y estos estados hegemónicos son la norma en Guatemala. Situaciones que colocan a muchos en una posición de enfrentar sus problemas con nada a favor y todo en contra, como decimos. Hegemonía significa dominio inmerecido, implica una desigualdad de condiciones para competir.

Cuando hablamos de hegemonías, hablamos necesariamente de mercados sesgados por intereses especiales, y de estados de opresión. Eso, estados, sistemas, estructuras de tiranía bien enraizadas. De un lado del espectro hegemónico encontramos al privilegiado -la minoría- y del otro al subyugado, al oprimido, al silenciado.

De su perpetuación en el tiempo resultan los patriarcados, los colonialismos, la vinculación entre Iglesia y Estado, la heteronorma, y el capitalismo neoliberal.  Y si naces en el lado del espectro menos favorecido, buena suerte, por mucho que te esfuerces. Y eso es precisamente lo que pasa en Guatemala con quienes nacen mujeres, o no ladinos.

Aspirar a cambiar el estado de las cosas, pasa por desarticular imperios políticos y culturales.

¿Y si naces homosexual? peor, ¿y si no eres urbano? ni hablar. Las oportunidades de planificar una vida digna se reducen drásticamente por cuestiones del azar. Como azaroso es también el privilegio. En otros lados, es ese determinismo estructural el que permite que Donald Trump y Hillary Clinton sean las dos grandes opciones a jefes del Estado más poderoso del mundo, teniendo a históricos personajes como Jill Stein y Bernie Sanders sobre el papel.

Son esas fuerzas inherentes a la hegemonía misma las que nos tienen leyendo a Sigmund Freud y no a Otto Gross, a Ayn Rand en lugar de Antonio Gramsci, y al Paulo, incorrecto. No a Freire sino a Coelho. Verán, cuando la dominación injustificada de un grupo sobre otro, o de una idea sobre las demás se encuentra enclavada en el ecosistema que les contiene, la necesidad de transformar esa realidad es difícil de contestar.

Sobre todo, cuando las estructuras en lugar resultan políticamente desventajosas paralos grupos que conforman las mayorías. Aspirar a cambiar el estado de las cosas, pues, pasa por desarticular imperios políticos y culturales, trabajando conjuntamente los grupos silenciados y los privilegiados con conciencia social.  Una vez recuperado el espacio de toma de decisiones por cuerpos equitativos en donde los Pueblo Originarios, las mujeres, los de libre culto, y quienes no se colocan por la derecha del discurso político tienen la representatividad que les corresponde, podremos formular políticas públicas incluyentes, que respondan a las necesidades reales de las mayorías ignoradas.

Y es que para incomodar la realidad prevalente es necesario un buen toque de irreverencia, otro de escepticismo, y mucha decisión para fijar posturas contra hegemónicas claras.  Solo así, y solo juntos, podremos rearmar la esperanza destruida, sabiendo siempre que en el contexto de sistemas hegemónicos, la neutralidad equivale a opresión.

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