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Las paradojas de una conmemoración insípida

Parece que fue ayer cuando en octubre de 1991, en el marco del Encuentro Continental de Resistencia Indígena y Popular, que no fue sino hasta que sus delegados se pusieron de acuerdo con  la ciudad de Quetzaltenango le agregaron lo negro, miles de indígenas inundan las calles rechazando lo que fue una insípida celebración en Guatemala. Delante de las masas estaba la aún joven Rigoberta Menchú que un año después sería galardonada con el Premio Nobel de la Paz en representación de los pueblos indígenas del mundo y en especial de América Latina, que recordaban, en ese momento, con amargura, lo acontecido hacia 500 años.

La marcha de hoy dista mucho de aquella, al parecer el entusiasmo indígena ha caído a pesar de que las condiciones actuales son ideales, la dispersión del apoyo indígena es obvia junto con el cambio cultural de la población que lucha por ser incluida.

Un Estado plurinacional, era una de las tantas consignas esgrimidas por la ya decana de las organizaciones indígenas y campesinas, el Comité de Unidad Campesina, que logró sobrevivir a la represión estatal a pesar de que abiertamente apoyaba a las organizaciones armadas de izquierda, ahora con ese disminuido apoyo popular intenta promover cambios profundos en el Estado que no concuerdan con la audiencia que poseen.

¿Qué hace que organizaciones como la antes mencionada tengan tanta audiencia tanto en el Estado como en la llamada comunidad internacional? Obviamente, algo no concuerda, sobre todo cuando en las propuestas se plantea la división del país que puede considerarse, junto con toda la región centroamericana, esto nos lleva como un deja vu a la década de los ochenta donde luego de la serie de derrotas militares de la insurgencia, producto de una amplia campaña militar, repleta de violaciones de derechos humanos, optaron por vender la tragedia a la estrategia diplomática de la victimización, que al inicio tenía asideros objetivos, pero luego recurrieron a la invención que servía para propósitos políticos invisibilizar la responsabilidad de la guerrilla en la violación de derechos humanos de la misma población que decían representar.

¿Si realmente estas organizaciones tienen la representatividad que dicen tener por qué no organizan un partido político indígena y popular que concretice su programa después de 20 años de la Firma de la Paz y 24 del Premio Nobel de la Paz? La respuesta es simple: no interesa. En la realidad organizaciones como el CUC, hace mucho tiempo, dejaron de ser organizaciones populares, con todo y lo que digan, su funcionamiento se acerca más al de una ONG y claro eso en Guatemala para el tema indígena puede significar mucho más reconocimiento externo que el arriesgarse a formar un partido político que prontamente puede caer en la lógica clientelar de todos los demás, incluyendo a los partidos surgidos de la dirigencia revolucionaria.

Por: Julio Valdez
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