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Puede sonar a exageración extrema, a locura desenfrenada o fumada estrepitosa, pero creo con mucha fuerza que lo único que puede salvar al país es que exista genuina organización estudiantil. O por lo menos es uno de los factores más importantes y cruciales.

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En la medida que los estudiantes, desde educación media hasta la educación superior, puedan aprender, vivir, gozar, encontrar sentido y comprometerse en acciones sociales, comunitarias y políticas, desde una práctica organizativa, en esa medida podremos ir desarrollando una cultura política basada en la participación y en el conocimiento de la problemática nacional. Pero también en esa medida contaremos con fuerzas de presión que puedan contribuir al logro de cambios en instituciones y en políticas públicas de todo tipo.

¿Por qué en la Universidad de San Carlos suceden muchas cosas terribles que quedan en la impunidad, desde la falta de compromiso y entrega docente hasta la falta de visión y compromiso con los problemas del pueblo guatemalteco? Porque paulatinamente, el estudiantado ha ido perdiendo la fuerza de presión que siempre tenía, como consecuencia de que cada vez más las organizaciones estudiantiles fueron dejando grandes espacios vacíos que los ocupó la mala intención, la descomposición organizativa, la falta de sentido social, el oportunismo, la corrupción, la mediocridad académica. Como no ha habido una sana, genuina y firme organización estudiantil que no sea ni manipulada ni controlada por el poder que sea, tampoco ha habido un sano juego de discusiones, contradicciones y creación de conocimientos desde distintas miradas.

Cuando en otras épocas, los estudiantes de secundaria y de educación superior, a través de sus organizaciones, podían establecer alianzas y nexos para enfrentar políticas y decisiones gubernamentales que consideraban eran dañinas para la población, aparecían presiones y movilizaciones que, aunque no siempre lograban sus objetivos, sí llamaban la atención social sobre determinadas problemáticas. La descalificación y la represión castigaron en ese tiempo y cosechan frutos hoy.

Uno de los grandes “aportes” del gobierno militarista de Pérez Molina fue, precisamente, crear una normativa que dañaba (por amedrentamiento, intimidación o amenaza directa) la organización estudiantil en Guatemala. Al día de hoy, ya cuatro años después, todavía no se observa el espíritu, la movilidad, la iniciativa del estudiantado de educación media. Mataron la organización estudiantil. Mucha gente sonríe satisfecha y tranquila de que ya no haya movimientos o molestias de parte de estudiantes, pero eso es, con mucha tristeza, la señal de que la cultura política en nuestro país atraviesa momentos realmente preocupantes y que generan angustia hacia el futuro.

Ojalá que la coyuntura actual de recuperación, o como le digan, de la AEU, sea un auténtico y genuino esfuerzo político en el cual no solo se recupere una institución, sino un sentido, una cultura y una visión de participación. Por el bien de la universidad, pero sobre todo para crear puentes entre sistema educativo y la realidad cruda de una sociedad mayoritariamente excluida y negada en todos sus derechos, necesitamos organización estudiantil en todos los niveles.

Por todo lo anterior, un enorme desafío es de cómo transformar la indiferencia política de las y los jóvenes en un interés permanente, en una acción constante y en una visión de amor comprometido por transformar nuestro país.

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