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Un muchacho de 15 años acaba de morir en Bélgica. Había solicitado la eutanasia como vía de escape a una enfermedad incurable, y un médico, con consentimiento de los padres, ha procedido a quitarle la vida (Aceprensa sept 2016). La ley belga permite, desde 2014, que se aplique el suicidio asistido a los menores que lo pidan, siempre que padezcan un sufrimiento físico “insoportable” y su pronóstico de vida restante sea de muy corto tiempo.

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Pero se comentaba -y no solo para el caso de los menores- que mal, pero que muy mal, parecen estar aplicando la realidad, harto comprobada de la mejoría de la calidad de vida del paciente terminal cuando se le sigue una apropiada estrategia médica; cuando se ve arropado por el trato afectivo de quienes le rodean y aliviado por una eficaz terapia de aminoración del dolor. Por desgracia, esta vez se ha elegido la salida más expedita del problema, una solución que no entraña sacrificio alguno… salvo para el enfermo, claro, que lo matan.

Cuando las leyes llegan a ese extremo, es señal de que está en crisis toda una sociedad; e invita a un examen de conciencia en la cultura occidental…

matar

I: Guille.

Estamos ante algo más amplio que no matar niños. Viene bien recordar que la primera orden directa de practicar la eutanasia vino del dictador alemán Hitler, en 1939, cuando los primeros 273 mil niños con enfermedades genéticas, ancianos, enfermos y retrasados mentales fueron caritativamente asesinados, y ya la población alemana había sido preparada con argumentos que

recuerdan los que ahora utilizan los defensores de poder matar enfermos o ancianos. Utilizaron técnicas similares a las de las campañas actuales para introducir antivalores en la sociedad. Una de ellas es propagar imagen de una amplia demanda social, sobre datos inventados o incomprobables. Y sobre todo, los valores que fortalecen la sociedad no se comprueban por mayoría de votos: si se hubieran sometido a votación las matanzas de esclavos por leones en el circo romano, la mayoría a favor  no las hubiera hecho aceptables éticamente. Otra técnica es la manipulación del lenguaje, como cuando se habla del derecho a disponer de la propia vida, de la ayuda a morir con dignidad, etcétera, frases que intentan ocultar el carácter homicida de la eutanasia.

Concretando en la eutanasia en general, no solo del lastimoso caso de su aplicación niños, no se la puede aceptar ni justificar nunca por la falta de calidad de esa vida; si no ya no hay forma de decir donde nos paramos al hacerse endebles las fronteras entre el bien y el mal. La historia demuestra que ese principio, aplicado una vez, es fácilmente ampliado para eliminar a enfermos privados de conocimiento en general o para desembarazarse de enfermos difíciles de atender por otros más fácilmente curables. O para eliminar a niños con taras físicas. Hablando claro: entre la eutanasia y el crimen no hay fronteras.

Y estamos en una aldea global. Guatemala está especialmente sometida a presiones internacionales que a veces condicionan sus ayudas. Hay que estar alertas.

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