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El domingo 2 de octubre los colombianos fueron consultados sobre el proceso de paz y las disposiciones contenidas en los acuerdos entre el Gobierno y las FARC-EP. Asistieron a la consulta menos de la mitad de las personas que pueden ejercer el derecho de voto, y de ese grupo el mayor número optó por el no. Aunque la diferencia es muy baja, en estos procesos gana el mayor número de votos.

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Los resultados fueron desesperanzadores para los luchadores de la paz en aquel hermano país latinoamericano y para la opinión internacional que, desde fuera, estuvo a la expectativa de que se abrieran oportunidades a la acción política y social como únicos medios de disputa de intereses y de aspiraciones. No hay tiempo para lamentaciones; algo falló en el proceso de respaldo ciudadano a los acuerdos y la correlación de fuerzas fue favorable para los detractores de la paz, los negociantes de la violencia y de la guerra.

Ahora bien, el mensaje de ese resultado debe verse y asimilarse con sobriedad política y desde ningún punto de vista, entenderse como una aceptación a la continuidad de la guerra; sería un absurdo. Las partes de la negociación política deberán leerlo de otra manera, pues hubo una manifestación social de indiferencia e insatisfacción, y los más politizados lo tradujeron en respuesta negativa.

La lucha por la paz es difícil, compleja y contradictoria. La prolongación de la guerra colombiana refleja lo profundo de los antagonismos y el grado variado en que ha golpeado a unos y a otros en su espacio geográfico. Esto explica que el peso del sí haya prevalecido en las regiones donde se libraba la guerra, pues provocó sufrimiento a la población no combatiente; donde la guerra ya no llegó, la historia fue otra.

Colombia tiene instituciones y formalidades democráticas más desarrolladas que en Guatemala, pero en ambos países se denota bajo reconocimiento ciudadano a los medios institucionales consultivos como el plebiscito, para establecer si se está de acuerdo o no en la acción del gobierno del Estado. Recordemos lo que pasó a finales de la década de los años noventa, cuando aquí se hizo la consulta popular sobre las reformas constitucionales, poca gente estaba empadronada, una minoría fue a votar y de esos poquitos, la mayoría votó en contra. Problemas de la democracia formal, aquí y allá.

En Guatemala fue evidente que los negociadores de la paz estaban desvinculados de la población, de sus sentimientos, sus sueños y su realidad. Los Acuerdos de Paz no fueron divulgados y tampoco explicados. Eso asignó peso a la campaña de manipulación de miedos lanzada por sectores retrógrados que gastaron millones en publicidad. Además, mientras se trataba de unas pocas reformas propuestas en los Acuerdos, el Congreso aprobó un gran número para la consulta popular, lo que la hizo más incomprensible.

Por: Byron S. Morales Dardón

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