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En Colombia, ahora, como en Guatemala hace casi veinte años, los sectores retrógrados, autoritarios y guerristas, defensores de los intereses de las oligarquías agrícolas e industriales, han usado la discusión de la paz para evitar que su modelo de explotación económica y control político sufra mínimas modificaciones. El no a los acuerdos de paz, ganador por mínima diferencia este domingo 2 de octubre, ha puesto en relieve la inmensa fractura que viven las sociedades modernas, donde el actual modelo de control conservador de la riqueza, aunque moribundo, se aferra con las uñas y se niega a dar paso a formas más justas, equitativas y progresistas de producción. 

Guille

I: Guille

Porque en Colombia, como en Guatemala hace casi veinte años, no triunfó simplemente la negativa a que las fuerzas guerrilleras se incorporaran a la vida política. Eso ya está acordado y las FARC no tienen condiciones, ante sí mismas y los sectores de población que las apoyan a volver a la guerra. Las guerrillas colombianas, como las fuerzas insurgentes de cualquier parte del mundo occidental, tienen claro que en las actuales condiciones el poder no será alcanzado por la vía de las armas. Esta opción ya solo es posible en el mundo musulmán, donde los grandes capitales promueven guerras civiles supuestamente religosas para, ilusoriamente, hacerse de las riquezas naturales de esos países. Siria es el caso más típico, pues la lucha de los pueblos curdos es más de resistencia, en la búsqueda de construcción de su propio estado y nación.

Los guerrilleros de las FARC, indefectiblemente se incorporarán a la vida política colombiana, solo que ahora poniendo más en riesgo la vida y dificultándoseles las posibilidades de promover debates profundos sobre el futuro político y económico del país. La sombra del magnicidio cometido contra Carlos Pizarro en 1990  rondará siempre sobre sus cabezas.

En la práctica, a lo que una mínima mayoría colombiana dijo no fue a la implementación del programa de reformas políticas y económicas posiblemente más osado que se haya propuesto en América Latina en los últimos sesenta años. No habrá amnistía por los delitos políticos, por lo que los guerrilleros podrán ser juzgados por sedición, asonada o conspiración, pues para los crímenes contra la humanidad, a pesar de que la propaganda en contrario fue intensa, los acuerdos no contemplan amnistía y los jefes guerrilleros, pero también los militares, saben que pueden ser denunciados por ellos si fueron hechores materiales o intelectuales directos.

En Colombia, como en Guatemala hace casi veinte años, a lo que se dijo no fue a intentar modificar las formas de explotación y tenencia de la tierra, a avanzar en construir una sociedad más justa. Es ahí donde los acuerdos ponían énfasis, promoviendo nuevas legislaciones y mecanismos para resolver, de una vez por todas, la expropiación y explotación que de manera insultante sufren los campesinos de manos de los terratenientes. El triunfo del no fue el logro raquítico y temporal de una oligarquía que, como la guatemalteca de entonces y ahora, se niega a entender que su propia sobrevivencia económica está basada en reformas profundas a la estructura agraria, en promover de una vez por todas un desarrollo rural que, incluyente de los hasta ahora por siglos marginados, dinamice las economías con otras formas y otros actores.

Pero no todo está perdido. Los a favor del no apenas sumaron 51% de los electores, alcanzando el techo de sus posibilidades. Los favorables al sí son muchos más, pues un alto porcentaje por distintas razones no se aproximó a votar. Será con ellos, y por ellos, que las FARC y el gobierno de Santos deberán comenzar a idear formas para, desde el Congreso y con el apoyo de la población, promover una a una las reformas pactadas, teniendo además en mente que la negociación con el ELN será ahora más compleja, pero posiblemente fundamental para el impulso de ese plan de reformas políticas y económicas de las que la Colombia moderna está urgida.

En Colombia, como hace casi veinte años en Guatemala, no se reavivará la guerra. Se contuvo la inclusión social y se refrendó el poder de las oligarquías. Pero las fuerzas colombianas progresistas y pro paz, a diferencia de la Guatemala de entonces y de ahora, son mayoría y podrán hacer la paz con progreso social.

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