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800 Años de los predicadores

El inicio del mes de octubre, que para los católicos guatemaltecos significa el mes de la Virgen del Rosario, y para los capitalinos la infaltable visita a la Basílica de Nuestra Señora del Rosario, para rendir pleitesía a la patrona de Guatemala, es más que oportuno para rendir homenaje a la Orden de los Predicadores, que este 22 de diciembre conmemora 800 años de ser confirmada por el papa Honorio III.

Fue la primera orden religiosa dedicada a la predicación y fieles al carisma de su fundador y a su lema “Alabar, bendecir y predicar”, han prestado incontables e invaluables servicios a la Iglesia, que mucho les debe por su contribución a la expansión de catolicismo en los territorios de América, África y Asia conquistados por España y Portugal.

A partir del siglo XIII se distinguieron por su presencia en las universidades París y Bolonia, con sus grandes teólogos, entre los que destacaron Santo Tomás de Aquino, quien  fue además filósofo -con grandes aportes en la metafísica y en la difusión del pensamiento aristotélico- y jurista, de gran influencia en el derecho occidental, y San Alberto Magno, destacado también como geógrafo, filósofo y químico, maestro de Santo Tomás.  Tres siglos después los dominicos vivieron otro período de enorme producción intelectual y científica con la Escuela de Salamanca, considerado fundador del derecho internacional, y Martín de Azpilcueta -el Doctor Navarrus-, quien desarrolló el concepto de inflación al estudiar el impacto del oro y la plata americanos en la economía española del siglo XVI. Más recientemente  destacan Dominique Pire, premio Nobel de la Paz de 1958, por su trabajo a favor de los refugiados de la segunda posguerra; y  dos teólogos, Yves Congar y Edward Schillebeeckx, dos de los grandes teólogos del Concilio Vaticano II.

Dominicos fueron los primeros frailes que llegaron a Guatemala en 1529, encabezados por fray Domingo de Betanzos. Pero ahora, con el inicio del mes de la Virgen del Rosario, queremos referirnos a un humilde fraile, quien fue el gran impulsor de la devoción a Nuestra Señora.  Nos referimos a fray Julián Raimundo Riveiro y Jacinto, cuya estatua se encuentra en el lado sur del atrio de Santo Domingo.

Nació en Cobán en 1854, e ingresó al convento dominico en 1869.  Al ser expulsadas las órdenes religiosas por Rufino Barrios, fue uno de los pocos que logró quedarse en Guatemala -junto con los paulinos, capellanes de las Hermanas de la Caridad e insustituibles por sus servicios en los hospitales-  haciéndose cargo del templo y convento cuando todavía no era sacerdote. Organizó las asociaciones del Rosario Perpetuo y la celebración a la Virgen durante el mes de octubre, siguiendo las directrices del papa León XIII, quien consagró este mes a la Reina del Santísimo Rosario.   

A la muerte del arzobispo Ricardo Casanova y Estrada en 1913, y dentro de la siempre difícil relación con los dictadores liberales -la iglesia guatemalteca fue la que sufrió mayor persecución entre las iglesias latinoamericanas-   Manuel Estrada Cabrera hizo saber al Vaticano que el nombramiento de Fray Julián -confesor de su madre doña Joaquina- sería considerado un gesto amistoso.  Es evidente que el nombramiento de otro prelado habría desatado una nueva persecución contra una iglesia diezmada.  En 1912 solamente contaba con 119 sacerdotes, según la historia de la Iglesia en Guatemala del padre Ricardo Bendaña, de quien hemos tomado datos, al igual que de Un hijo de Cobán consagrado arzobispo de Guatemala, de Roberto Mayorga.

El nombramiento de fray Julián fue recibido con frialdad por el clero, pero realizó una intensa labor pastoral, recorriendo toda Guatemala, incluso Petén, pues en ese entonces había una sola diócesis para el país.  Pero fue señalado de plegarse demasiado al régimen, al extremo que las procesiones llegaban hasta el nido del dictador, en la finca La Palma  y a la caída de Estrada Cabrera renunció a la silla arzobispal y se exilió en un convento dominico de Nueva Orleans, donde falleció en 1931.  El recibimiento que dieron a sus restos, trasladados en tren desde Puerto Barrios, fue una especie de reparación hacia una vida caracterizada por la humildad y por su devoción a la Reina del Santísimo Rosario.

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