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Los países necesitan gerentes

No hay países subdesarrollados, sino mal administrados, es uno de los enunciados lapidarios de Peter Drucker. En mi opinión, este enunciado lo vemos hecho realidad cada día en nuestros países.

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Mala administración es sinónimo equivalente a aprovecharse de las personas a las que uno está llamado a servir para sus intereses particulares. Una mala administración implica no diseñar y poner a trabajar una organización que, aprovechando las fortalezas de sus miembros, incremente la eficiencia de todas las labores y de todos los servicios.

Una buena administración principia con un análisis concienzudo de las oportunidades y dificultades que uno tiene y con un recuento real de recursos disponibles, pero, sobre todo, con la creación de una Visión que sea capaz de lograr la unidad de los distintos actores de la organización; en el caso de un país, de los distintos miembros de la sociedad, porque sin unidad no hay productividad. Para tener una buena administración, los administradores (los gerentes, los supervisores, etcétera) deben prepararse. Me gusta ejemplificar la preparación con un dicho que oí hace mucho tiempo: “El lobo caza con las piernas” …el lobo se prepara para correr y alcanzar a sus presas.

Un buen gerente se prepara: estudia e investiga… un buen gerente no se improvisa. Un buen gerente reflexiona, un buen gerente, aunque no sea un gigante intelectual, sabe que debe tomar decisiones, muchas de ellas “muy valientes” que pongan en equilibrio elementos en conflicto: el largo y el corto plazo, la propiedad y la comunidad, lo tradicional con la innovación, por ejemplo. Un buen gerente nunca se da por vencido, a pesar de las muchas caídas que pueda tener. Un buen gerente “siempre” mira para adelante sin que ello quiera decir que a veces no tenga que retroceder un poco para poder agarrar impulso. Un buen gerente no espera que lo sirvan, sino que se pone a servir. Un buen gerente debe conocer y reconocer las necesidades de las personas que conforman su organización. Un buen gerente debe practicar diariamente, minuto a minuto, la capacidad de escuchar. Un buen gerente es humilde (no pusilánime); un buen gerente practica todo el tiempo la virtud de la fortaleza, que consiste en resistir cuando hay que resistir y en “atacar” cuando es necesario hacerlo.

Un buen gerente debe liderar con el ejemplo y no con discursos “populistas” que, por bonito que suenen, no solamente no tienen contenido, sino son básicamente imposible de ser cumplidos. Un buen gerente no puede prometer una vida sin problemas… un buen gerente tiene que ser realista y ello implica que tiene que lograr un balance realista (sin que esto entre en conflicto con tener pensamientos e ideas grandiosos).

Una buena administración no solamente se “compromete”, sino “ejecuta” todas aquellas acciones necesarias para cumplir lo que se debe cumplir, sin olvidar, por supuesto, que todas esas acciones deben estar dirigidas al beneficio comunitario y, por supuesto, a elevar la dignidad de las personas.

Es necesario contar con administradores, con gerentes, a la cabeza de las instituciones y descartar tener políticos al mando de las mismas. Una buena administración debe convertir el poder en servicio para beneficio de las personas que conforman la comunidad a la que se debe.

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