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Del mito a la realidad del clima

Los acontecimientos naturales siempre han intrigado a la humanidad desde sus orígenes. Si algo nos diferencia del resto de animales es la capacidad analítica de nuestro cerebro. Desde nuestros orígenes quisimos tener una explicación de todo lo que nos rodeaba. Simples fenómenos como la salida del sol, la lluvia o el nacimiento de un río fueron analizados por nuestros antepasados, dando explicaciones que en muchas ocasiones estaban lejos de una respuesta racional.

Ya los egipcios y los griegos disponían de una colección de dioses que daban sentido a su origen y lo que ocurría a su alrededor. Así, el viento, los terremotos, las tormentas, etcétera, estaban en manos de Eolo, Vulcano, Poseidón, y figuras mitológicas similares. También en esa época había ateos, personas que buscaban respuestas en la naturaleza sin mirar a los dioses, que experimentaban y usaban la razón para entender el mundo. A pesar de la idílica imagen que se pueda tener hoy sobre el origen de la ciencia en la Grecia clásica, lo cierto es que muchas de esas personas fueron ignoradas, caricaturizadas e incluso perseguidas por oponerse al “poder divino” de la época.

La tradición judeocristiana también tuvo (y tiene) sus mitos sobre el origen del universo, resumido en el Génesis del Antiguo Testamento. Con el paso de los siglos, tanto la física, como la química, la geología y la biología han aportado una explicación racional, no mítica, para el origen del universo y de nuestro planeta, así como para explicar la diversidad de especies que existen en la actualidad.

Hoy día se habla, cada vez con más fuerza, sobre el tema del cambio climático, sus orígenes y consecuencias, y, en países como el nuestro, somos de los más afectados como producto del “Desarrollo” que las naciones más industrializadas han llevado a cabo sin que tengan o paguen las culpas del daño que traen consigo.

A raíz del cambio del clima, que cada año vemos con mayores consecuencias, Guatemala vive el incremento de las zonas de riesgo, como refirió ayer la Conred, y lamentablemente esto afecta a la población más vulnerable, sin que a la fecha exista un verdadero plan de contingencia y manejo de riesgos, lo que implicaría una acción de gobierno y municipalidades que permitan un acertado plan de ordenamiento territorial, evitando con ello que la población se ubique en las zonas de alto riesgo.

Por aparte, reza el dicho que la necesidad obliga, refiriéndose a los pobladores que, manipulados o no, invaden o llegan a vivir a las zonas de alto riesgo, sumado a ello, el desarrollo de proyectos habitacionales con la venia de algunas municipalidades, ubicados en zonas de alto riesgo (como fue el caso de El Cambray II), en Santa Catarina Pinula.

La verdad es que para la población que habita las zonas de riesgo, cada día es como un viaje al inframundo de la mitología Maya y su tiempo principia en Xibalbá.

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