Home > Columnas > Una discusión impostergable

Tantas cosas pasan desapercibidas y algunas son realmente importantes. Las fotografías del último arresto y decomiso de armas a un grupo de pandilleros –todo esto sucedido la semana pasada-  simplemente demuestran que las pandillas están aumentando su volumen de fuerza.   

Una pregunta muy válida y necesaria: ¿Para qué?

Las pandillas son un tema que se ha dado por sentado y normal para estar siempre presente en los titulares sin reparar en el detalle de lo gravísimo que resulta dejar a las pandillas crecer como monte. Esto no quiere decir que no hay esfuerzos recientes.  El número de atentados que han sido desarticulados por la actual gestión de la PNC es bastante impresionante. Pero, como todas las cosas en el entorno local, resulta que lo bueno tiene mala estructura de mercadeo. Sin embargo, los medios de comunicación sí nos informaron de la desarticulación de un atentado que iba dirigido a la infraestructura del sector justicia. Creo que es más que claro que las pandillas parecen estar cruzando la frontera entre lo delictivo y lo terrorista; ya no solo se trata de estructuras que controlan territorios o que dominan entornos institucionales –como el sistema carcelario- sino que tienen la intención de retar frontalmente al Estado. Para lograr lo anterior, precisamente es que necesitan aumentar su capacidad armamentística.

¿Qué más son las pandillas (maras)? Claramente me parece que también deben empezar a tipificarse como una suerte de Ciacs (redes ilegales, paralelas que realizan tareas privadas de seguridad orientadas a la generación de violencia y corrupción del Estado). Aunque las pandillas no tienen posiciones político-ideológicas (como sí lo tienen la mayoría de Ciacs), resulta que operan en la clandestinidad y logran con sus tentáculos afianzarse en determinados planos del entorno institucional por medio de corromper voluntades y amenazar a funcionarios. Operando desde el sector carcelario –con total impunidad- las pandillas tejen los ataques contra policías, choferes de autobuses,  médicos del sector público (caso reciente) y coordinan la extorsión correspondiente. Hacer la matemática de las ganancias totales es un ejercicio aterrador: comercios, escuelas (cuota por cabeza), hogares, autobuses, camiones repartidores…

Las ganancias mensuales de las pandillas (maras) se cuentan por cientos de miles de quetzales y eso les permite acceder a la compra de cualquier arsenal que esté disponible en el mercado. Al mismo tiempo,  ese volumen de fuerza adquirido las hace apetecibles para que otras Ciacs puedan utilizarlas como instrumento de desestabilización.  No es para menos la preocupación, entonces. Las fuerzas de seguridad tienen una tarea dinosáurica. ¿Por qué? Porque, en medio de las carencias naturales de su entorno, deben hacer un esfuerzo brutal para poder predecir, detectar y adelantarse a todas las posibilidades. Hay que recordar que no hay sector ni entorno que no esté a merced de ser afectado por las pandillas.

La clave de todo pasa por la capacidad para generar inteligencia. Pero, a diferencia de cualquier otro país, resulta que la estructura de la PNC carece de una dirección exclusiva de inteligencia. Esto no quiere decir que no hagan ni produzcan inteligencia, porque quedó muy clara la capacidad para adelantarse a determinados hechos. Pero lo que se necesita es que esos esfuerzos estén acuerpados administrativamente en un entorno de nivel directorio (cosa normal en cualquier cuerpo de policía).   

Esta es una discusión impostergable y un aspecto que debe introducirse en la discusión contemporánea con respecto al fortalecimiento de las fuerzas civiles de seguridad. Las amenazas externas no caminan al mismo paso que la discusión política.

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