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La corrupción es un mal endémico en Guatemala. Vivimos dentro de un sistema hecho a la medida de las mafias, y todo aquel que no se ajuste a las condiciones que impone ese esquema del mal, simplemente queda fuera.

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Si queremos que Guatemala realmente cambie, tenemos que cambiar todos. Y debemos empezar por nosotros mismos. Al final de cuentas, aunque no lo queramos aceptar, en grandes o menores dimensiones, todos cometemos actos de corrupción. El gran problema es que exigimos que los demás cambien, pero nosotros nos resistimos a hacerlo. Reclamamos que otros se beneficien por el sistema corrupto, pero queremos seguir siendo favorecidos por él.

Cuando los expertos hablan de los males de la corrupción y como este fenómeno se ha apoderado de sociedades completas, nos damos cuenta de lo anterior. Carlos Alberto Montaner no es santo de mi devoción, pues somos incompatibles ideológicamente. Sin embargo, no necesariamente debe rechazarse per se las aseveraciones de pensamientos opuestos.

En su ensayo Las tres corrupciones, dice Montaner que también es corrupto el ciudadano que simula enfermedades para beneficiarse del seguro social y luego vender las medicinas. Lo es igualmente corrupto aquel estudiante universitario que no asiste a las aulas a aprender, mientras su educación es subsidiada por el pueblo. Lo es también el trabajador del Estado que, valiéndose del “modelo democrático”, cobra y exige prebendas, sin siquiera cumplir cabalmente con sus obligaciones.

A estos ejemplos habría que sumar los casos paradigmáticos de plazas fantasmas, tráfico de influencias, evasión de impuestos y otorgamiento de comisiones, por mencionar algunos. Al final, todo es lo mismo. Aprovechamiento para el beneficio particular, de las ventajas que da un Estado sin controles y conducido por personas igualmente corruptas.

Hasta tirar sobre la calle el papel de un confite, aunque no lo parezca, es un acto de corrupción. Creemos que por haber pagado el boleto de ornato tenemos la libertad de ensuciar los ambientes públicos. No nos detenemos a pensar que si las municipalidades invierten menos en la limpieza de los alcantarillados, seguramente contarán con más recursos para otros proyectos de beneficio colectivo, como mejorar la distribución de agua potable o bien mejorar el sistema de transporte colectivo. Hasta el tema del basurero municipal, en el caso de muchas comunas, podría ser atendido de mejor forma con esos recursos.

Incrementar el gasto público por nuestras acciones irresponsables es un acto de corrupción.

Sin duda alguna, todos queremos una Guatemala mejor. Si queremos que los demás cambien, hagámoslo nosotros primero. Esa transformación individual nos dará la solvencia para criticar y exigir que los otros también lo hagan. Pero, sobre todo, nos hará sentirnos más ciudadanos, personas más comprometidas con su país y con su prójimo, para juntos buscar transformar un país que merece ser mejor.

Nuestros descendientes lo merecen, pero sobre todo lo necesitan. Hagámoslo por ellos y, mientras Dios nos da vida, por nosotros mismos.

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