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Los empresarios estamos siempre atentos –debemos estarlo– a todo lo que pueda ayudar a la motivación y superación de nuestros colaboradores, ya provenga de lo familiar, educativo o social, o de donde sea. En esa línea de pensamiento tenemos lo que se ha llamado efecto Pigmalión, que describe cómo la creencia que una persona tiene sobre otra puede influir en el rendimiento de esa otra.

El efecto Pigmalión tiene su origen en un mito griego, en el que un escultor llamado Pigmalión se enamoró de una de sus creaciones, Galatea, a la que trataba como si fuera una mujer real que estuviera viva. La escultura cobra vida por obra de Afrodita, al ver el amor que Pigmalión sentía por la estatua.

Nuestros comportamientos están influidos por las expectativas que sobre nosotros tienen los demás y nuestro entorno: familiares, amigos, compañeros y jefes en las empresas. La confianza en uno mismo, aunque sea contagiada por un tercero, nos puede dar la suficiente fuerza para llegar a ser lo que creen y creemos que podemos ser.

Eso es el efecto Pigmalión positivo, que aumenta la autoestima del sujeto, y que bien podemos representar por el refrán popular “nobleza obliga”. Y aun mejor por las palabras de Blaise Pascal: “Trata a un ser humano como es, y seguirá siendo como es. Trátalo como puede llegar a ser, y se convertirá en lo que puede llegar a ser”.

Pero también puede darse un efecto Pigmalión negativo, que disminuye la autoestima del sujeto debido a las expectativas o a la invitación implícita al abandono, a la resignación de no conseguir nuevas metas, de plantarse en medio del camino, etcétera.

Tenemos un ejemplo ilustrativo de este efecto en la obra Pigmalion, de Bernard Shaw, llevada al teatro y luego al cine como My Fair Lady (Mi Bella Dama), en la que el profesor Higgins se enamora de su creación: una callejera vendedora de flores desgarbada y analfabeta, Eliza Doolittle, reconstruida, como su alumna, en una duquesa.

En lo educativo los profesores formulan expectativas acerca del comportamiento en clase de diferentes alumnos y los tratan de forma distinta de acuerdo con dichas expectativas. Estos alumnos, al ser tratados de un modo distinto, responden de manera diferente, confirmando así las expectativas de los profesores.

En lo social, la tradición cultural asigna normas de comportamiento a las que se espera que se adapten sus miembros. Generalmente implícitas, estas normas imponen códigos de conducta que no es fácil rehuir. Las personas pueden adquirir un rol a partir de los demás, y acabar creyéndolo propio.

En economía se cumplió el efecto Pigmalión a gran escala con la crisis de 1929, y quizá también al inicio de la crisis económica actual. Si muchas personas están convencidas de que el sistema económico se hunde, acabarán por hundirlo.

En el mundo de la empresa el efecto Pigmalión viene a significar que todo jefe tiene una imagen formada de sus colaboradores y los trata según ella; pero lo más importante es que esa imagen es percibida por el colaborador, aunque el jefe no se la comunique. De tal manera que cuando es positiva todo va bien, pero cuando es negativa ocurre todo lo contrario.

Importa mucho no cerrar nuestras expectativas respecto a nuestros colaboradores, sino dejarlas abiertas y hacia más, pero procurando estar en la línea de sus aptitudes e intereses. Toda persona goza de su aptitud mientras no se compruebe su ineptitud.

Desde el momento de la contratación hay que procurar que la persona adecuada esté en el trabajo o puesto adecuado; y luego dejarla que vaya perfilando y afinando su propio puesto, siempre dentro de los límites de la empresa. Esto importa mucho en todo lo referente a la innovación.

Nunca hay que infravalorar las capacidades de una persona, que pueden estar latentes y escondidas. En positivo, el efecto Pigmalión viene a decir “creo en ti, te valoro”. Y en la empresa viene a decir “espero y deseo que te desarrolles en la empresa y que ayudes a llevarla hacia un futuro venturoso”.

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