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El Templo de los Monos

Colaboración por Eduardo Weymann 

Las autonomías en el sector público están demostrando ser que tampoco son la última Coca Cola en el desierto; por décadas se ha venido malinterpretando su alcance. Autonomía operativa, eso nadie lo discute, pero lo que sí es altamente cuestionable, es que las autónomas y descentralizadas no rinden cuentas de las ejecuciones de sus presupuestos, convirtiéndose de hecho en casi templos donde nadie tiene derecho a cuestionar cómo y en qué utilizan los recursos del Estado.

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La misma Constitución Política de la República, en su Artículo 241, Rendición de Cuentas del Estado, establece el procedimiento de liquidación de ejecución presupuestaria que debe ser sometida al Congreso de la República, para su eventual aprobación o improbación. Con el tiempo cada vez menos, esta labor se está cumpliendo. Y no solo eso, son las entidades autónomas y descentralizadas las que menos se han sujetado a este procedimiento de rendición de cuentas del gasto público, bajo el estirado argumento de autonomía. Este mismo Artículo de la Constitución, literalmente señala, en su párrafo quinto, que “los organismos, entidades descentralizadas o autónomas del Estado, con presupuesto propio, presentarán al Congreso de la República en la misma forma y plazo, la liquidación correspondiente, para satisfacer el principio de unidad en la fiscalización de los ingresos y egresos del Estado”.

Esta extralimitación de concepto por parte de las entidades autónomas y descentralizadas, me recuerda un par de experiencias personales (primero como miembro de Junta Monetaria y luego como Asesor en el Ministerio de Finanzas) cuando en el debate público estaba el tema de la contención del gasto, razón por la cual, por mis funciones, se le cuestionó al Banco de Guatemala cuál sería su aporte ante esta necesidad de Estado. En Junta Monetaria la respuesta que se recibió fue un manotazo en la mesa con un “¡no se toca ese tema!” por parte del entonces presidente del Banco, y luego años después, ya en el Ministerio de Finanzas Públicas como Asesor, lo que se recibió fue una amenaza enviada por entonces presidente del BANGUAT, “que si volvía a insistir en ese tema, simplemente iba a perder mi contrato de asesoría”, situación similar a la que pasa en el “Templo de los Monos”, con los visitantes y turistas.

En la provincia de Lopburi, Tailandia, se encuentra el templo budista PhraPrang Sam Yod, también conocido como Templo de los Monos, por la cantidad de macacos que merodean en su exterior, aparentemente inofensivos y que se entretienen con los visitantes despojándolos de sus pertenencias, incluyendo objetos brillantes, cámaras fotográficas y gafas de sol. Las referencias turísticas advierten que debe serse “muy cuidadosos con estos ‘simpáticos’ animalitos, pues no resulta difícil llevarse como suvenir algún mordisco o arañazo”, como los que dan los presidentes del Banco Central cuando se les cuestiona de su ejecución presupuestaria, y peor aún sobre los beneficios exorbitantes y privilegios de los que ellos aún gozan, como las pensiones de retiro como expresidente del BANGUAT, de hasta los Q44 mil mensuales.

En ningún momento esta es una crítica institucional al calificado personal con que cuenta la banca central. Me consta su calidad y profesionalismo. Más bien es una censura a sus máximas autoridades, que muy calladitos, y aparentemente inofensivos, como los macacos del Templo de los Monos, abusan de la institucionalidad pública. El BANGUAT lleva más de 20 años de promover la especialización de su personal con doctorados en Economía, pero nunca se les ha permitido a este capacitado personal (aproximadamente 10 doctores), ascender a un puesto gerencial, porque “los monos del templo” siguen aferrándose, a toda costa, a las posiciones más altas en el Banco. Este capital humano muy bien podría aportar en varios ámbitos de la política económica nacional, pero la institución como tal, sigue brillando por su ausencia, lo que es muy lamentable en un país pobre como Guatemala.

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