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Apuntes de la fragmentación guatemalteca (III y última)

Fotografía: Archivo

La heterogeneidad de la estructura económica dificulta la creación de sociedades civiles consolidadas y homogéneas. En éstas, la sociedad civil tiende a ser débil y se privilegian formas coercitivas de resolución de los conflictos y tensiones por encima de la adopción de formas consensuales. Las instituciones de la sociedad civil tienden a ser frágiles y a la vez polarizadas, al grado que no logran interpelar a las instituciones del Estado y mucho menos al conjunto de la sociedad.

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La extrema pobreza rural y urbana, así como las dimensiones de la pobreza, son factores disgregadores para el ejercicio del poder, incluso aquel basado fundamentalmente en la coerción. La descomposición social (aunada a la impunidad) presenta serios obstáculos para la gobernabilidad y estabilidad del país.

Los partidos políticos se mueven más por el oportunismo que por principios doctrinarios. La fragmentación se evidencia en los numerosos partidos políticos (28 registrados hasta ahora)  que carecen de programas y plataformas, los cuales son sustituidos por personajes, caudillos con sus feudos, quienes favorecen la toma cupular de decisiones sin consultar o remitirse a sus bases. La cultura política es autoritaria por excelencia, intransigente y poco elaborada.

Por otra parte, se ha partido de la premisa de que no hay una nación consolidada en Guatemala; hay elementos constitutivos para un proyecto de nación, pero la tarea de su constitución es aún un reto por realizar. Esta falta de nación consolidada en Guatemala es un reflejo de la fragmentación de su sociedad.

El concepto de nación es difícil de desentrañar por la falta de una teoría acabada de la misma, así como por lo difuso de sus parámetros y atribuciones. Existen en la actualidad ricos y creativos aportes en torno al debate acerca de la nación, que no necesariamente se articulan ni coinciden entre sí, ni llegan a formar una propuesta teórica. Hay fronteras borrosas entre lo que es la nación, la identidad nacional, la nacionalidad, lo nacional, el nacionalismo, el Estado-Nación, la patria, el pueblo, etcétera.

Si bien la Nación está integrada por dimensiones objetivas, como pueden ser territorio, idioma, raza, etnia, etcétera, tiene además dimensiones y funciones subjetivas que tienen que ver con la apelación a valores comunes, la pertinencia e identificación con un grupo o comunidad (y a la vez, la diferenciación de otros grupos y comunidades). La Nación apela a una conciencia colectiva, lealtades, ritos y un imaginario colectivo creado con símbolos y acontecimientos históricos. En este sentido, la Nación convoca y conlleva una fuerte carga emocional y hasta adquiere características humanas.

No hay, en Guatemala, una tradición ni una práctica de polémica, pues cualquier discrepancia o diferencia es inaceptable; el signo dominante es la intolerancia y la intransigencia. En cambio, se privilegia la pasión y el dogmatismo, la creencia en la verdad absoluta (¡que, por supuesto, pertenece a uno mismo!). Y esto obviamente obstaculiza la formación de consensos y de alianzas, coarta las posibilidades de negociación, llevando la disputa al ámbito de la confrontación.

En resumen, las grandes mayorías pobres de Guatemala están excluidas y marginadas económica, política, cultural y socialmente del modelo imperante, convirtiendo su ciudadanía en una mera formalidad. No hay, pues, una forma hegemónica de ejercicio del poder en Guatemala que recoja sus aspiraciones e intereses aunque fuera parcialmente.

Asimismo, la fragmentación es una forma histórica de autoprotección, de no expresarse, de quedarse callado, de ocultar o cambiar la realidad. Es un terreno movedizo, como una casa de espejos, donde las cosas no son necesariamente como parecen. La diferencia entre apariencia y realidad en Guatemala es siempre notoria y tajante, haciendo de Guatemala una especie de cebolla, que tiene múltiples capas y dimensiones. La cultura de la no explicitación crea todo un metalenguaje para hablar de las cosas y de las personas sin nombrarlos: “aquel” o “aquella” sustituyen los nombres de las personas, y solo hilando relaciones se puede dar cuenta de las situaciones. Y la gente se acostumbra a hablar en este metalenguaje: decir las cosas sin decirlas, aludir a las cosas sin comprometerse.

Como sea, la fragmentariedad del presente se hará más notoria en este año electoral. Hechos y demasiada retórica contribuirán a la pérdida de la paciencia, en el mejor de los casos. El agotamiento del sistema político, luego de varias décadas de transición, no basta para explicar la dimensión de la crisis recurrente y cíclica. Es más, qué significado entraña el término agotamiento cuando, sin mayor lógica, éste se rehace a la deriva y con una sorprendente capacidad de reunir a cada momento lo que se disgrega y se desmorona. En pocas palabras, una ambigüedad que fragmenta todo lo que toca a su paso, repitiendo el ciclo de rehacer y  disgregar. Sin duda, el país reclama un pacto político que articule una refundación de la república. Nuestra democracia necesita luz, pero no aquella de la cual habla el poeta japonés del siglo XVII, Kiorai: ¡Qué pronto prende /y qué pronto se apaga /una luciérnaga!

*Texto resumido del ensayo: “Guatemala, retos de nación y democracia posible 
en una sociedad fragmentada˝, elaborado por el Consejo de Investigaciones 
para el Desarrollo de Centroamérica (CIDECA).
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