Home > Editoriales > Fin de un capítulo

Las acciones de la CICIG y del MP en el último año y medio sacaron a luz las complejas y oscuras conexiones entre distintos poderes que alimentaron durante décadas la impunidad, la corrupción y, para nuestra mala fortuna, el desmantelamiento del Estado. Hecho que ha sido ampliamente documentado. Ayer, el expresidente del Banco de Guatemala y excandidato vicepresidencial por el extinto partido Líder, Édgar Barquín, fue condenado a dos años y seis meses de prisión por el delito de tráfico de influencias, aunque el juez estimó suspenderle la pena de cárcel.

Esta primera sentencia que dicta el juez de Mayor Riesgo B, Miguel Ángel Gálvez, es el primer acto de una serie de condenas que seguramente la justicia emitirá luego de llevar a cabo y agotar todas las instancias procesales contra los acusados de distintos delitos -La Línea, TCQ, Cooptación del Estado, entre otros.

El exfuncionario llegó a un acuerdo con el MP para llevar un proceso abreviado. Barquín fue juzgado por tener relación con una red de lavado de dinero, dirigida por Francisco Édgar Morales Guerra, alias Chico Dólar.

Estas acciones de la justicia reparan en alguna medida el halo de malestar, hartazgo y mal ánimo de la sociedad. A su vez, obligan a reflexionar sobre la importancia de dotarse de acciones que encaminen al país a escenarios donde emerjan legitimadas autoridades de todos los ámbitos de la institucionalidad republicana.

Sin duda, muchos eslabones de impunidad se rompieron a partir de la aplicación pronta y cumplida de las normas que establece el Estado de derecho, y las instituciones seguirán bregando contra la metástasis en la que se convirtió esa ética de proceder en “lo oscurito”.

Los retos son enormes y los vacíos políticos lo son aún más, particularmente a partir de una coyuntura en la que todos son absolutamente vulnerables. Es decir, la mutación perenne de la vida y la muerte alimenta a diario tragedias y dramas impensables en el siglo XXI.

Pero el paso dado ayer por los tribunales podrá generar aprobación o condena. Lo importante es que se cumplió con lo determinado por los códigos correspondientes y se emitió una condena por un delito que, en rigor, era moneda de cambio en muchas transacciones económicas.

Desencantados ante la impunidad, nos creímos, como el poeta Baudelaire, según palabras del escritor Ignacio Padilla, que “la más bella astucia del diablo es convencernos de que no existe”. Un primer paso en la necesaria reparación ética de la nación. Con seguridad, muchos obstáculos habrán de vencerse y ojalá unas líneas de Pedro Páramo, de Juan Rulfo, sean premonitorias para cerrar el vergonzoso capítulo de este presente: “se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras”. la corrupción y, para nuestra mala fortuna, el desmantelamiento del Estado. Hecho que ha sido ampliamente documentado. Ayer, el expresidente del Banco de Guatemala y excandidato vicepresidencial por el extinto partido Líder, Édgar Barquín, fue condenado a dos años y seis meses de prisión por el delito de tráfico de influencias, aunque el juez estimó suspenderle la pena de cárcel.

Esta primera sentencia que dicta el juez de Mayor Riesgo B, Miguel Ángel Gálvez, es el primer acto de una serie de condenas que seguramente la justicia emitirá luego de llevar a cabo y agotar todas las instancias procesales contra los acusados de distintos delitos -La Línea, TCQ, Cooptación del Estado, entre otros.

El exfuncionario llegó a un acuerdo con el MP para llevar un proceso abreviado. Barquín fue juzgado por tener relación con una red de lavado de dinero, dirigida por Francisco Édgar Morales Guerra, alias Chico Dólar.

Estas acciones de la justicia reparan en alguna medida el halo de malestar, hartazgo y mal ánimo de la sociedad. A su vez, obligan a reflexionar sobre la importancia de dotarse de acciones que encaminen al país a escenarios donde emerjan legitimadas autoridades de todos los ámbitos de la institucionalidad republicana.

Sin duda, muchos eslabones de impunidad se rompieron a partir de la aplicación pronta y cumplida de las normas que establece el Estado de derecho, y las instituciones seguirán bregando contra la metástasis en la que se convirtió esa ética de proceder en “lo oscurito”.

Los retos son enormes y los vacíos políticos lo son aún más, particularmente a partir de una coyuntura en la que todos son absolutamente vulnerables. Es decir, la mutación perenne de la vida y la muerte alimenta a diario tragedias y dramas impensables en el siglo XXI.

Pero el paso dado ayer por los tribunales podrá generar aprobación o condena. Lo importante es que se cumplió con lo determinado por los códigos correspondientes y se emitió una condena por un delito que, en rigor, era moneda de cambio en muchas transacciones económicas.

Desencantados ante la impunidad, nos creímos, como el poeta Baudelaire, según palabras del escritor Ignacio Padilla, que “la más bella astucia del diablo es convencernos de que no existe”. Un primer paso en la necesaria reparación ética de la nación. Con seguridad, muchos obstáculos habrán de vencerse y ojalá unas líneas de Pedro Páramo, de Juan Rulfo, sean premonitorias para cerrar el vergonzoso capítulo de este presente: “se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras”.

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