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Llega el 15 de septiembre. Los guatemaltecos nos preparamos para celebrar nuestra Independencia y nos sentimos felices de pensarnos libres. Por todo el país se preparan magnos desfiles, actos solemnes y la tradicional antorcha.

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Aquellos que participan en estas actividades ponen fervor y energías para llevarlas a cabo; otros muchos se oponen a que se les vede la libre locomoción, porque, hay que ser honestos, todo este movimiento ocasiona un caos fenomenal; a otros, los menos, por supuesto, nada les motiva ni les inspira.

Personalmente no me opongo a que todos manifestemos nuestro amor por la patria de la manera que consideremos adecuada; eso sí, hay que dejar claro y hacer entender a todos que “mi derecho termina donde empieza el de los demás”. Me preocupa que estas manifestaciones de fervor patrio sean “llamaradas de tuza”, como decían los abuelos, porque siendo honesto es indiscutible que el sentirnos guatemaltecos y más chapines que la marimba nos dura el tiempo que tarda un desfile, un acto o la llevada de una antorcha.

Pasado este tiempo la ciudad vuelve a su rutina; ya no se escuchan redoblantes ni tambores, y las llamas de las miles y miles de antorchas se han apagado; así como se desvanecen el sonido de los instrumentos y el fuego de la libertad, así se esfuman nuestras intenciones y deseos por hacer de esta una Patria Grande.

Terminado el alboroto seguimos tirando basura por donde sea, contaminamos el aire, el suelo, los ríos, los lagos y el mar; hacemos gala de discriminación, intolerancia y violencia, ya no somos más los “hijos valientes y altivos que veneran la paz cual presea” ni mantenemos nuestra promesa de “luchar y aun morir, en los prósperos días y en los días adversos, porque nuestra bandera ondee perpetuamente sobre una patria digna”. No pretendo juzgar, simplemente quiero propiciar un autoexamen para que cada uno medite acerca de qué estamos haciendo para enaltecer a la patria.

Esa llama de las antorchas deberá ser una llama eterna que arda en los corazones de cada uno de nosotros; deberá ser el combustible que nos impulse a la acción; deberá ser la luz que brille eternamente para que ilumine el camino de Guatemala y de los guatemaltecos.

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