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En estos días llegamos a la saturación comercial de la exaltación patriotera del aniversario 195 de la declaración de la independencia nacional. Aprovechan los grandes negocios, que prolongan su agosto en septiembre, como el vendedor ambulante de banderitas que da nacionalista salida a la producción septembrina de plásticos bicolor, azul-celeste y blanco.

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No hay cómo negarlo: desde hace mucho tiempo la fecha histórica se convirtió en fetiche comercial, además de herramienta de dominación ideológica al servicio de unas elites económico-políticas que hoy, como hace 195 años, están desafiadas por telúricos acomodos geopolíticos.

En efecto, si hay algún paralelo entre 1821 y 2016 se refiere a cómo la sociedad guatemalteca, en particular sus elites, se conduce ante los vientos que ahora, literalmente, nos vienen del Norte.

Para captar el sentido de este paralelismo, recordemos que a raíz del restablecimiento de la monarquía constitucional y de la Constitución de Cádiz de 1812, impuestas a Fernando VII en 1820 por el alzamiento de Rafael del Riego, las fracciones más conservadoras del criollismo novohispano indujeron la ruptura de los lazos tricentenarios con Madrid, bajo el estandarte trigarante (religión católica, unión e independencia) del Plan de Iguala.

Aquí, una curiosa alianza entre oligarcas conservadores y criollos clasemedieros protoliberales se las ingenió para subirse al pedalazo (cartas y emisarios ante Agustín de Iturbide de por medio) al proyecto independentista que, como muchos sabemos, fue todo lo gatopardista que requería el mantenimiento del poder de “las familias” (según las identificó José Cecilio del Valle, recogiendo la sabiduría popular de la época).

Hoy, a “las familias” las llama la sabiduría popular “los cabales”, integrantes tradicionales de un cuadro mucho más complejo de elites económicas y políticas, que están siendo fuertemente interpeladas por un poder imperial que (según escribimos hace una semana) “no tiene amigos permanentes, sino intereses permanentes”.

Y en virtud de esos intereses, básicamente geopolíticos, el imperio ha delineado una estrategia para la sedicente “prosperidad” de los países del Triángulo Norte de Centroamérica. Los parámetros de la “alianza” son claros y el desafío para las elites consiste, precisamente, en quiénes, cómo, a qué costo, bajo qué condiciones y con qué futuro se subirán, otra vez al pedalazo, al proyecto imperial.

Bajo estas circunstancias los festejos de la “independencia” resultan grotescos, un repulsivo autoengaño nacional conveniente a los acomodos que tienen lugar en “las alturas” del poder económico y político. No hace falta ninguna fijación antiimperialista para comprenderlo.

Por lo pronto, ya va corriendo la juventud con sus antorchas por toda la geografía nacional para rendir tributo a una deidad ficticia y desfigurada, de quien Otto René Castillo escribió: “Libertad / Tenemos / por ti / tantos golpes / acumulados / en la piel, / que ya ni de pie / cabemos / en la muerte”.

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