Home > Columnas > Ocho meses por las ramas

Las primeras semanas de septiembre son tiempos de bullicio de tambores, bombos y redoblantes; es la época de interrupción del tráfico en las carreteras por los grupos de maratonistas de ocasión llevando entusiasmados antorchas que suponen significar el fuego patrio. Pitos, trompetas de plástico y silbatos dan el fondo musical a estos actos. Chicos y chicas aprovechan para mostrar un supuesto entusiasmo nacionalista en desfiles semimarciales en los que padres y madres presumen el éxito escolar de sus hijos nombrados abanderados. Con impostada seriedad, jóvenes y adultos ponen la mano en el pecho y entonan frases y versos que apenas entienden, pero que les hacen sentirse parte de un grupo social que se dice libre e independiente.

Visiones trasnochadas del imperialismo aparte, septiembre es simple y llanamente el mes del autoengaño patrio. Los maestros, formados para reproducir una visión conformista de sociedad, estimulan esas prácticas supuestamente patrióticas, quedando en la oscuridad el verdadero sentido conservador y elitista de aquella independencia que está por llegar a los doscientos años, dejándose de lado la formación de la real y efectiva ciudadanía.

Las acciones del gobierno del FCN se han centrado en lo externo, en lo visible y pasajero, sin ofrecer en estos ocho meses de gobierno algo que pueda asumirse como una política pública orientada a fortalecer y mejorar sustancialmente la educación de ese grupo cada vez más reducido de niños que llegan a los planteles escolares. Si en salud el golpe de efecto fue aceptar medicinas en su mayoría inútiles y hasta con su validez a punto de expirar, en el pomposamente llamado mes de la patria el presidente Morales y su ministro de Educación no encontraron mejor acción que regalar algunos tambores para que niños de escuelas más que abandonadas los hagan retumbar en calles de tierra y sin servicios básicos. Y si los maestros tendrán que ingeniárselas para, pasado el bullicio septembrino, encontrar dónde guardar los instrumentos de percusión de los que no se ha transparentado su forma de adquisición, los niños de todo el municipio de San Pedro Carchá no tendrán mejora sustancial en cobertura y retención. Con una cobertura neta en 2015 de 46.5% para primaria, Carchá es uno de los municipios con más bajos índices. Es decir, a uno de cada dos niños carchenses prácticamente se les ha negado el derecho de asistir a la escuela.

Pero para ello no hay respuestas, y en el Palacio Nacional de la Cultura no ha habido actos ni eventos para decirle a la población que al menos hay intentos serios para incluir más niños en el sistema escolar. En el gobierno de lo superficial, lo que importan son los actos de supuesta filantropía presidencial, quedando de lado las acciones serias de política pública.

El presidente, demagógicamente ruega a la dirigencia sindical que “le ayuden” para que se cumplan los ciento ochenta días de clases, pero no anunció entonces ninguna política que permita que maestros y alumnos aprovechen al máximo esos períodos escolares. Se dice que en el proyecto de Presupuesto de ingresos y gastos para 2017 se asignarían cuatro quetzales por niño para la refacción escolar, pero no se dice que más del cuarenta por ciento de las escuelas rurales no reciben ese beneficio, sea porque los padres no logran organizarse, sea porque simplemete los recursos no llegan a tiempo.

Nada, absolutamente nada, se ha programado para asegurar salud para todos esos niños, a pesar de los cambios de ministro en esa cartera, como tampoco se han visto acciones efectivas para conseguir que la desnutrición no los flagele.

Para alegría del presidente y sus adláteres los tambores seguirán retumbando; niños y adolescentes se considerarán patrióticos corriendo con estropajos encendidos pero, condenados a la pobreza, muchos de ellos ya estarán haciendo planes para, cuanto antes, con muro o sin muro, lanzarse a la aventura de conquistar el sueño americano, donde aprenderán, los pocos que logren establecerse, a respetar y apreciar la bandera que representará al país donde sus hijos sí serán considerados ciudadanos. Mientras tanto, las grandes mayorías continuarán sumidas en la ignorancia, condenadas a vivir con menos de lo mínimo.

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